jueves, 16 de octubre de 2014

Don Salim Memeri y el “biógrafo soviético” de Elías Rivero

Ciprés con cielo estrellado. Vincent Van Gogh

Don Salim Memeri, como casi todos los turcos, llegó a la Península con una mano adelante y otra atrás, tapándose sus pobrezas de exiliado de una tierra de donde son originarios los cipreses: el Monte Líbano, en Turquía asiática. Al principio, en el pueblo a los “turcos” los conocían como los “otomanos”, pero luego, fuera sirio o libanés, todos serían bautizados con la homegeinizante nacionalidad de “turcos.” Casi todos de mi generación conocieron a don Salim, a ese patriarca de noventa años de caminar pausado, devoto católico de la Virgen de la Estrella, patrona del pueblo, y vendedor de telas que bautizó a su establecimiento de lencería con el enigmático nombre de Almacenes Nadjle.
De La Habana a Progreso, Salim Memeri pisó por primera vez tierras de la Península, allá por los años de la década de 1930. Como la mayoría de los turcos que arribaron a Yucatán, Salim llegó, con su padre y su hermano, sin mujer; y al instante, entre la platicadera con la ya abultada colonia sirio libanesa asentada en Progreso y Mérida, estos recién arribados del Monte Líbano preguntaron que en dónde estaba la bonanza económica en Yucatán, y como les dijeron que en Peto el dinero de una cosa llamada “chicle” era defecado hasta por los zopilotes; Salim, su hermano y su padre empacaron como endemoniados, compraron telas, baratijas pendejas, tónicos curalotodo, machetes, lienzos de manta cruda, espejuelos, clavos y alambres, pantalones de mezclilla, píldoras de quinina y más baratijas pendejas; y en un mapa arrugado de una equívoca Península manchado con lamparones de café, el dedo cordial del padre de don Salim mostró a sus hijos un camino al pie de la Sierrita que cruzaba Muna, acariciaba Ticul, pasaba por Oxkutzcab, seguía en Tekax, lamía Tzucacab y llegaba hasta el final, donde la Sierrita era comida por una “Montaña” feraz de zapotáceas y cedrales:
-Hasta aquí caminaremos.
-Queda en el culo de Yucatán.
- Venimos de uno más alejado, esto lo hacemos en menos de una semana vendiendo de pueblo en pueblo las baratijas pendejas al triple de su precio.
Y vendiendo de pueblo en pueblo, los Memeri llegaron al Peto chiclero donde el dinero era arrancado a la selva del oriente de la Península, y defecado hasta por los zopilotes explotadores de los gringos. Aquel Peto de 1930 que presenció don Salim, “donde los chicleros reinaban,” y donde había hasta extravagantes matones de todas las selvas desde Veracruz hasta Guatemala, como Barba Roja, un chiclero de Tuxpan dueño de una barba hirsuta y bañada de arrebol, que al tomar los tragos de guaro “le rajaba la madre” a cualquier, incluyendo a él cuando perdía.

II

La siguiente anécdota puede ser cierta o un embuste fraguado por el cronista Arturo Rodríguez Sabido. Una vez, el cronista me refirió que en Maní, hace muchos ayeres, cuando su abuelo don “Maco” Sabido vivía, el cronista se topó con “un escritor soviético que indagaba sobre la vida de Elías Rivero”. La anécdota sucedió “hace como 20 años”, cuando la URSS no se había desintegrado y el muro de Berlín estaba intacto. “Un profesor Roque lo trajo” de no sabemos donde, al eslavo. 

De inmediato, el joven Rodríguez Sabido fue a ver a su abuelo, don Maco Sabido, diciéndole que querían entrevistarlo sobre la vida de Elías Rivero. Apenas oír el nombre de Rivero, don Maco se encabritó, soltó unas maldiciones con retazos de mentadas de madre y, tronitonante el tunante, dijo que no quería saber nada de la entrevista. Luego, Arturo llevó al soviético a ver a Tránsito Calderón, y Calderón “se deshizo en halagos sobre Rivero.” La pregunta que este historiador forzosamente se hace, es la siguiente: ¿de casualidad Rodríguez Sabido habrá confundido al iraní don Manuel Sarkisyanz, biógrafo de Felipe Carrillo Puerto, con un escritor del otro lado de la cortina de acero?

lunes, 13 de octubre de 2014

DE BOTAS INVASORAS Y PEDERNALES SANGUINOLENTOS: APUNTES SOBRE MESTIZOAMÉRICA



Los mestizajes de los tiempos modernos aparecen de ordinario sobre fondos turbios, en cauces e identidades rotas. Si no todos los mestizajes nacen forzosamente de una conquista, los que la expansión occidental desencadenó en América principian invariablemente en los escombros de una derrota…Serge Gruzinski.

Me causa  una enorme tristeza –por su ignorancia y su fundamentalismo oscurantista- leer los días 12 de octubre, rencorosidades no compartidas y parrafadas indigestas contra el ilustre navegante genovés, don Cristóforo Colón; así como epítetos emplumados, con el arco y la flecha desenvainados, contra los conquistadores y los frailes que acomodarían las primeras piedras, de eso que Martí adjetivó como “Nuestra América”. Para bien o para mal, América Latina, o mejor decirle, Mestizoamérica (término acuñado por el etnólogo Andrés Molina Enríquez, señalando una positividad del entrecruzamiento de "razas" y culturas), que no Amerindia, es producto directo de la “bota invasora” de Colón asentada por vez primera en la isla de los araguacos. La “bota invasora”, desde luego, hizo más, mucho más, para crear regiones universales que los pedernales sanguinolentos de los Huichilobos y las defenestraciones a los cenotes sagrados de las “doncellas mayas” no pudieron crear.

A pesar de las fiebres que a un lector de Las venas abiertas pudiera ocasionar, hay que decir que fue tanta la soledad americana que había antes del 12 de octubre, que entre los dos imperios indígenas (uno de ellos, un imperio caníbal, el azteca; y el otro, un imperio totalitario donde la vida del hombre valía mierda, el inca) no hubo ningún puente o contacto. Tal vez los viajes de los mayas a Honduras significaran encuentros de culturas, pero un encuentro, para ser significativo, tuvo que perdurar, y en lo que sería Mestizoamérica no hubo mayor cosa que escarceos fugaces perdidos entre tanto mito y mitote. Sin sombra de duda, podemos decir que Mestizoamérica vino al mundo en esos primeros contactos de las otredades indígenas y las otredades occidentales (no sólo españoles llegaron con Colón). Por eso, podemos inquirirles, a los que proclaman a voz en cuello un paraíso mesoamericano, execrando el encuentro, que si ¿acaso quieren volver a realizar un pozole con carne de tlaxcalteca; un pipián con carne, no de venado sino de cristiano; adorando supercherías de barro y viendo el futuro mediante su sastún en vez de internet y creyendo en el arux en vez de la ciencia y tirando doncellas nalgonas al cenote, en vez de “tirárselas" solamente?

Además, el genocidio americano que tachan a los “barbudos” no tuvo, como causa única, la matanza indiscriminada y la crueldad laboral: buena parte de este “genocidio” fue gracias a la virginidad bacteriológica de los indios al momento de enfrentarse con nuevas enfermedades. Sobre esta virginidad bacteriológica, apunto un trabajo de historia demográfica mío realizado en un seminario de demografía histórica:

¿Cuál fue la causa de la caída de la población indígena? ¿Fue una causa solamente? ¿Se les puede achacar a las epidemias de viruela, de sarampión, de matlazahuatl, lo que se ha considerado como el “genocidio americano”? ¿Fue la cruenta guerra de los primeros tiempos? ¿Fue el sistema colonial lo que llevó a la debacle? Sobre estas preguntas, Sánchez-Albornoz (1990) refiere que, sean los números exactos o no de la caída demográfica dados por los demógrafos históricos para las distintas partes de América, lo cierto es que la caída demográfica, “por su envergadura, no tiene parangón en la historia moderna de la población mundial”, porque si bien los europeos colonizaron otros continentes, en el americano, de terreno virgen a las plagas[1], el contacto fue tan dramático en cuanto a disminución inicial de la población autóctona, y que sólo se iguala con la colonización europea de las islas del Pacífico. En este punto señala algunos hechos de la conquista –guerras, migración forzada, rompimiento del equilibrio alimenticio como producto de la exacción, los servicios personales, el trabajo en minas, el régimen socioeconómico, la introducción de especies europeas- que contribuyeron a la merma poblacional nativa, pero estos factores no se igualan con lo que significaron las “plagas” de enfermedades traídas por los europeos. Frente al número diverso de enfermedades europeas, en contrapartida, “América no aportó mal alguno a la panoplia mundial, salvo, según creen algunos, la sífilis, y aun esto se halla en entredicho”. Elsa Malvido (1993) señala que las epidemias de Europa y África –de las cuales, las poblaciones indígenas carecían de anticuerpos- se correlacionaron con otros factores de despoblación, como las guerras de conquista, mismas que trastocaron el sistema económico antiguo, las migraciones forzadas con efectos de baja producción agrícola, los bajos niveles de vida, el debilitamiento crónico de la población, el hambre, “y, por lo menos en los principios de la conquista, el suicidio colectivo”. Dichos factores externos, señala la autora, se anexan a los factores internos como las enfermedades endémicas –anemia y las epidémicas llamadas, desde tiempos prehispánicos, cocoliztli. Pérez Moreda, hablando de los factores de la crisis de mortalidad en las sociedades agrarias del pasado –y ciertamente, las sociedades indígenas eran y siguen siendo en gran medida, sociedades agrarias-, señala ciertos determinantes clasificados en determinantes biológicos- refiere ciertos determinantes biológicos –enfermedades- y determinantes sociales de la muerte –guerras, accidentes. El primero se relaciona con el nivel deficitario de consumo alimenticio (estructura económica), así con el factor higiénico y de tecnología médica. Sin embargo, Pérez Moreda advierte que debemos eliminar esta división tan tajante al examinar el carácter predominante de cada uno de los factores: los factores tanto biológicos están correlacionados con los socioeconómicos; las deficiencias alimentarias, a su vez, pueden tener una causación socioeconómica[2]. Siguiendo este mismo análisis multivariante de la etiología del descalabro poblacional en el XV y XVI, Cook y Borah (1971) apuntan algunos factores que causaron el descenso poblacional. Frente a la disyuntiva señalada por la “Leyenda negra” y la “leyenda rosa”, los autores indican que “lo que realmente se necesita son estudios basados en los datos”, en la prueba empírica incontrastable para tener un horizonte de la magnitud del impacto que causaron los distintos factores. Además de la introducción de las enfermedades hasta entonces desconocidas en las Américas, habría que considerar los estragos de la conquista y la explotación de la población originaria, así como la implantación de nuevas formas culturales y de sistemas socioeconómicos. Otros factores a considerar en la merma demográfica pueden ser la reorganización de la producción, las políticas de congregación, la movilización de la población[3].
Por último, refiramos que el análisis multivariante de la caída demográfica no es nuevo propiamente, y podríamos establecer su origen, como señalamos en el principio de este ensayo, con Fray Toribio Benavente, mejor conocido como Motolinía, uno de los 12 franciscanos que llegaron en 1524 después de la caída de la capital de los mexicas para emprender la evangelización de México. Aunque Motolinía inicia su relación de las plagas con una sentencia muy al estilo teológico del “castigo divino” que se destilaba en el pensamiento cristiano de la época[4] -“Hirió Dios y castigó esta tierra, y a los que en ella se hallaron, así naturales y extranjeros, con diez plagas” (Motolinía, 2003: 69)- sus diez plagas desbordan la estrecha interpretación teológica del XVI. Motolinía indica diez plagas que fueron factores del despoblamiento: a) La viruela y el sarampión; b) la segunda plaga fue la guerra, “los muchos que murieron en la conquista de Nueva España”; c) la tercera plaga fue la desestructuración económica produciendo “una gran hambre luego como fue tomada la ciudad”; d) la cuarta plaga “fue de los calpixques, o estancieros, y negros, que luego que la tierra se repartió, los conquistadores pusieron en sus repartimientos y pueblos a ellos encomendados”; e) la quinta fue “los grandes tributos y servicios que los indios hacían”; f) la sexta fue “las minas del oro”; g) la séptima “fue la edificación de la gran ciudad de México, en la cual los primeros años andaban más gente que en la edificación del templo de Jerusalén”; h) la octavo fue “los esclavos, que hicieron para echar en las minas. Fue tanta la prisa que en algunos años dieron a hacer esclavos, que de todas partes entraban en México tan grandes manadas como de ovejas, para echarles el hierro”; i) la novena fue el servicio a minas, “a las cuales iban de sesenta leguas y más a llevar mantenimientos los indios cargados”; j) y la décima plaga, “fue las divisiones y bandos que hubo entre los españoles que estaban en México”  (Motolinía, 2003: 69-76). Livi Bacci, autor moderno, señala la modernidad del fraile franciscano en la interpretación de la caída demográfica utilizando un análisis multivariante[5] siguiendo la jerga, por supuesto, de su época fuertemente cristiana, lo que nos posibilita señalar, a modo de conclusión, que no podemos desligar del estudio de los procesos históricos, de los diversos factores para la comprensión de los hechos. La caída demográficas no fueron sólo epidemias.[6]

Resumiendo, podemos decir que el 12 de octubre fue un momento, desde luego significativo para la humanidad entera: no podemos desdeñar eso, de que fue una maravilla para el ojo occidental esa experiencia única de la “otredad” (aunque con particularidades, hay que reconocer que Mestizoamérica es parte de la cultura occidental, un “Occidente excéntrico,” diría Octavio Paz). 

El 12 de octubre no fue "descubrimiento" sino encuentro, o como dijera el siempre recordado don Guillermo Bonfil Batalla, un "encontronazo”, sí, pero un encontronazo creador que todavía se resienten sus secuelas -moretones, chichones, empellones, hinchazones- , pero la gesta creadora es lo que salva toda barbarie (la barbarie se dio en ambas bandas), pues el castellano universal de Borges, los versos de Sor Juana Inés de la Cruz, el pensamiento poderoso de Octavio Paz, las exquisitas crónicas de los primeros etnógrafos de las indias occidentales, las visiones de Anahuac, la Relación de las Cosas de Yucatán, el mestizaje cultural de los Chilam balames (por no hablar del nuevo tipo de belleza mexicana), las iglesias coloniales y su barroco, la cochinita pibil, el acento yucateco y otras cosas como los mexicanismos o los yucatequismos, fue producto directo de ese encontronazo creador. 

Mestizos yucatecos

Además, desde luego que fue mucho mejor el reino de Nueva España, que el imperio genocida de los mexicas hambrientos de corazones para su dios Huichilobos; y desde luego que "los pueblos originarios" sufrieron mucho, yo diría que hasta mucho peor, con los cacicazgos bárbaros, como los Xiu o Cocom en la península, que con el sistema colonial implantado. Si analizamos bien el concepto de “genocidio” con el que se intenta minusvalorar la gesta de los “castilanes” a tierras del Nuevo Mundo, desde luego que las guerras floridas -quitándole esencialismos infantiles de religiosidades que no se entienden- y las matanzas inter-tribales fueron genocidas en toda la extensión de la palabra. 

Tal vez, y esta es una hipótesis que traigo desde mucho tiempo antes, las culturas originarias llegaron a un callejón sin salida en su proceso cultural, si a términos tecnológicos se refiere....Determinista o no, 1492, estoy seguro, se hubiera realizado antes o después. Evolucionista o no, desde luego que podemos decir, que hay que ponernos en los zapatos (o las botas, si se quiere seguir con la metáfora) de los que pisaron por vez primera y fueron partícipes de una radical otredad. Eso, eso no cualquiera, ni menos cualquier indianista rencoroso de albarrada yucateca.

Notas


[1] En este sentido, véase Melville (1999), que hace un análisis del suelo virgen, además de las plagas de ovejas que modificaron el equilibrio  ecológico en las sociedades indias.

[2] En su estudio sobre el matlazahuatl, Molina (2001) utiliza la interpretación de Pérez Moreda, en el sentido de que las crisis de mortalidad  y su contexto social determinan el abandono simultáneo de las actividades laborales con el resultado inmediato de la caída de la producción. Motolinía, en la tercera plaga, habla de “un gran hambre” después de que fue tomada Tenochtitlán, “que como no pudieron sembrar con las grandes guerras, unos defendiendo la tierra ayudando a los mexicanos, otros siendo a favor de los españoles,  y los que sembraban unos los otros los talaban y destruían, no tuvieron qué comer” (Motolinía, 2003: 72).

[3] En otro texto, Cook (1996: 11-16) apuntaba los factores que contribuyeron al descalabro: 1.-El contacto físico. 2.- La enfermedad. 3.- La desestructuración alimentaria producida por la introducción de nuevos animales y plantas. 4.- El sexo, que trae la mezcla de “razas”.5.- El cambio social, económico, político, ético y religioso.

[4] Sobre esta interpretación –y legitimación- de la conquista como “castigo divino” que Dios hiciera a los indios por sus idolatrías y canibalismo, Villoro, en el análisis del discurso sahaguniano, refiere: “La conquista se presenta como el punto central que nos dará la clave de todo acaecer en el nuevo continente; indica ésta el nacimiento de América a una nueva vida; señala el instante del vuelco más significativo en su destino, la conversión. Después de ella la historia americana tendrá que ser radicalmente la contraria de la anterior. La vida de América anterior a la conquista que, según hemos visto, sólo había presentado un carácter negativo (era muerte, que no vida) tomará, en su conversión final, un significado que la justifique […]: expiación del pecado y gracia. Significaba, ante todo, el castigo de las abominaciones cometidas; la idolatría, nos dice Sahagún,  “fue la causa que todos vuestros antepasados tuvieron grandes trabajos, de continuas guerras, hambres y mortandades, y al fin envió Dios contra ellos a sus siervos los cristianos, que los destruyeron a ellos y a todos sus dioses”. La conquista, instrumento de Dios y vehículo de la conversión, es castigo del indio por su pecado; la purificación total de su culpa sólo se alcanza en la destrucción de su civilización y en la muerte de sus dioses (Villoro, 1987: 46)

[5] Indica Livi Bacci (2006: 42) que, en suma, la obra de Motolinía, con su descripción de las diez plagas, es “un catálogo de los factores de la destrucción de los indios, que resume las razones del desastre utilizando categorías que, a siglos de distancia, se han vuelto útiles”.

[6] Gilberto Avilez Tax, 2011,  “La dinámica poblacional indígena en México frente al contacto indoeuropeo y el dominio colonial”, manuscrito sin publicar. 

miércoles, 8 de octubre de 2014

El gran amansador de cocodrilos de Chetumal




Revisando los periódicos virtuales de la Península, esta mañana me topé con una “noticia curiosa” que me hizo tomar el café de un solo trago y salir afuera para darle una larga calada a un cigarrillo que recuerdo que traía en la bolsa de mi chamarra. Y recordé el aforismo o la sentencia del polígrafo yucateco, Roldán Peniche Barrera, que tal vez me describe a la perfección: “El yucateco –insaciable lector de periódicos y revistas- ha mostrado siempre un particular interés por las noticias insólitas."

En efecto, no miento si digo que soy un insaciable lector de periódicos, revistas y libros; y que siempre he mostrado una enfermiza atracción por las noticias insólitas, raras, peregrinas, increíbles, enigmáticas, sutiles, terroríficas, de brujas, duendes, hechizos y espantos. En mi afán por construir una historia totalitaria, no he obviado las notas curiosas, y hoy, por lo visto, mi vocación de lector de noticias insólitas me hizo incurrir en el delito de comentar una de ellas. Una nota de prensa aparecida en un diario de Quintana Roo, decía que un “joven pescador” había capturado un cocodrilo, y que al llegar la policía en su auxilio, este joven, que no refieren su nombre para felicitarlo aquí por tan loca hazaña, ya tenía inmovilizado “y amansado al gran y feroz lagarto.” Como he dicho, esta noticia me puso efusivo y aplaudí al instante, pues para mi, los lagartos del Hondo se han vuelto un asunto literario que pide toda la atención posible.

La nota traía también una fotografía del joven de 15 años con el lagarto de más de 2 metros de largo maniatado de sus terribles y jurásicas fauces. Después de leer esta nota, me aventuré a recordar el espíritu de algunos especímenes chetumaleños que he conocido. Mientras hay una clase de chetumaleños apocados, existe otra, de origen yucateco, que son resueltos hasta el espanto. Tal es el caso de este quinceañero. Steve Irwin es una niña de 3 años frente a este "joven" pescador chetumaleño, que con un cordel solamente, amansó a tremendo animal.

Pero la pregunta es, ¿por qué se metieron con este animal que vive en su medio natural (la bahía y el Hondo)? Tal vez tanto este Steve Irwin del trópico húmedo, como los wiros de la policía chetumaleña, que posteriormente llevaron a Semarnat al lagarto, contravinieron varias normativas de protección a la fauna. Por lo demás, la forma como explica su temerario proceder "el muchacho" (la nota de prensa, seguramente fue escrita por un Alex Dorado Dzul cualquiera con ínfulas de periodista escritor), es digna de contarse en una historia con todo el estilo garciamarqueño, porque Chetumal en más de un sentido resulta garciamarqueña.

El jovenzuelo, que tal vez gusta de ver el Discovery (arguyo que Steve Irwin es su héroe) pescaba quitado de la pena,  la mañana del domingo pasado, en playas roqueñas de la mítica colonia del Barrio Bravo, a unos metros del "Salón Bellavista,” reconocido lugar de recreación a donde asisten los chetumaleños y chetumaleñas hermosas, así como la clase política local – “la aristocracia de la hamaca”- cuando quiere darse sus baños de pueblo y convivir con la wirada. 

Con solamente una caña "modificada,” cordel de albañil, anzuelos y un bote de carnada, seguramente el joven veía el horizonte apacible de esa distante bahía bañada de azul, verde y ópalo cuando, de repente, las aguas calmosas que bañan a Chetumal vomitaron a un “saurio” perezoso que iba directo a donde él y sus compañeros se encontraban, con toda la pinta de que ese lagarto había salido de un set de Parque Jurásico. “En tierra el lagarto -pensó el joven, un consumado naturalista salido tal vez de unas clases podridas de biología de la UQROO- deja su estado inmortal y baja a la condición de pinche lagartija moribunda.” Ya con esa idea lunática clavada en su mente afiebrada, el chamaco barriobravero contó su locura, como sólo un chetumaleño de sepa lo puede contar, con retazos de un instintivo García Márquez:

“Al verlo tan cerca me espanté, pero no intenté correr, le tiré la camisa en la cabeza, me intentó dar coletazos, me abrió el hocico, pero logré sujetarlo con fuerza, ya que el animal buscaba regresar al agua donde son inmortales. Estuvimos luchando hasta que se cansó..."

Desde luego, uno no tiene sino asombro para el chetumaleño; porque tal vez en la acción enfermiza de este quinceañero barriobravero, podemos contemplar, encapsulada, a toda una tradición de hombres feraces, selváticos, casi salvajes, que inundaron el Territorio cuando la selva lo era todo y, según Beteta, los lagartos llovían en las tardes de estío y la mosca chiclera y el colmoyote escarbaban la carne viva de los “gambusinos de la selva” y las fiebres palúdicas y las nauyacas y el rugido del jaguar y el machete de los indios indómitos, habrían de modelar a una estirpe de hombres y mujeres hechos con la arcilla de la soledad, que construirían la última ciudad de todas, Payo Obispo, y dormirían frente a una bahía con olor a maderos pudriéndose y a lagartos que eran vomitados por el Hondo y comidos en caldo por aquella raza de yucatecos que sabían más palabras en inglés que en español…los viejos payoobispenses.



sábado, 27 de septiembre de 2014

"YO QUISIERA QUE HOY DESAPARECIERA ESA RAZA MALDITA Y JAMÁS VOLVIESE A APARECER ENTRE NOSOTROS": HOMENAJE DE LA CULTURA OFICIAL YUCATECA A UN MALDECIDOR DE LOS MAYAS



Se puede exculpar al gobierno municipal de Yaxcabá, presidido por la panista Melba Gamboa Ávila, de ser responsable del homenaje que se le hizo al inefable y racista doctor Sierra O'Reilly, el lunes 22 de septiembre pasado.[1] Y es que Sierra, el leproso, no fue modelo de superación para ningún chiquito de Yaxcabá o de Tixcacaltuyub: era blanco, hijo de cura (de un cura que ya mero lo linchan los indios de su parroquia, el ramplón y chicanero cura, José María Domínguez, abarraganado con María Sierra O´Reilly, madre de Justo) y esas dos cosas, para el Yucatán decimonónico, era todo el capital social y cultural que un chiquito yucateco necesitaba para ser alguien, o mínimo, para poder andar a caballo y que le digan “Don” y aborrecer a la indiada.

Pero Sierra tenía, además, genialidad, eso se sabe, pues para ser un Plutarco cabezón, un patriarca barrigón, un padre cabrón y un rey déspota de la literatura yucateca del siglo XIX, el talento y la genialidad hacían falta. La genialidad de un gran escritor, aunado a una voluntad y una ambición desmedida, lo llevó a emparentarse con la cabeza principal de una de las dos banderías políticas de ese entonces: Santiago Méndez. Pero seamos realistas: Si el doctor Sierra O’Reilly hubiera sido maya, e hijo de hambriento milpero de Tixcacaltuyub, no habría doctor Sierra O’Reilly, ni habría Los indios de Yucatán, ni menos sus aburridas novelas folletinescas, etc, o el primer Código Civil mexicano salido de su mollera.

En ese tenor, los indios de Tixcacaltuyub no tienen nada que festejar, u homenajear, a un hombre que no recordó nada de ese pueblo del centro de Yucatán. El doctor Sierra no es, ni puede ser, un ejemplo para los niños maya hablantes, milperos casi todos, de Tixcacaltuyub; no puede ser un ejemplo “de superación y de esfuerzo personal,”, al salir “de ésta pequeña comunidad y luchó por conseguir una preparación, en su tiempo, algo difícil por los momentos históricos, cruciales que estaban viviendo Yucatán y México.” Estas son las palabras vacías de contenido histórico, de la presidente municipal de Yaxcabá (Tixcacaltuyub es comisaría de Yaxcabá). Como sabemos, Sierra O’Reilly salió de Tixcacaltuyub a la temprana edad de 3 años. Uno de sus biógrafos no tan reciente, el licenciado Ferrel de Mendiolea, en un trabajo aparecido en el tomo VII de la Enciclopedia Yucatanense, era claro al respecto: “poco ha de haber sido la influencia que de su pueblo natal debió recibir, puesto que con la ayuda del cura Pbro. Don Antonio Fajardo Montilla”, el niño Sierra O’Reilly, de 3 años, dejaría para siempre Tixcacaltuyub, y nunca más volvería. Sierra no tendría ningún recuerdo vivo de ese pueblo, un pueblo más en la geografía literaria del doctor Sierra.[2]

Pero si no me sorprende la ignorancia descomunal del ayuntamiento de Yaxcabá como para homenajear al doctor Sierra, tampoco me sorprende que la Facultad de Antropología de la UADY, y menos la priísta Sede-inculta, con sus poetas gordos como fue el gordo Sierra, etc., y mucho menos me sorprende que el cacaseno que regentea el AGEY, hagan este tipo de homenajes a un hombre que llegó a tener el predominio de las letras en la primera mitad del siglo XIX yucateco, pero que construyó un modelo, o idea de nacionalidad yucateca, donde no habría cabida para el indio maya, donde a pesar de su vena literaria y sus retratos de la "bondad" del indio (claro, esto de la bondad fue antes de 1847 para el doctor Sierra), Sierra O'Reilly creyó, y creó, una idea no integradora de los otros segmentos del Yucatán decimonónico. Su Museo y su Registro, acotemos aquí, era un museo y un registro de las hazañas de los de “Castilla” y sus descendientes en Yucatán, y una evocación romantizada e idealizada del indio, sí, pero no de los indios yucatecos actuales, repletos de supercherías, de creencias irracionales y otras fantasmagorías de su imaginación afiebrada, que Sierra y su grupo esculcaron como perfectos entomólogos asqueados.


Antes de que los mayas del sur y del oriente se alzaran contra el racismo blanco, Sierra O'Reilly ya había negado una relación directa entre los mayas actuales de su tiempo, con los constructores de las antiguas ciudades de piedra: eso era una charada, una imbecilidad de Stephens, que míster Sierra O’Reilly combatió (ver mi artículo sobre el negacionismo de Sierra aquí). Y cuando se dio la Gran Rebelión de 1847, y casi toda la Península ardió en llamas debido a los ejércitos mayas que crecían como mangas de langosta, el pundonoroso Sierra se fue a malbaratar a Estados Unidos la independencia del Yucatán de los blancos. Antes que abdicar a manos de los esclavos de las fincas y los pueblos libres que se habían levantado en armas, antes que perecer o ser expulsados de Yucatán por esa “raza degenerada y bárbara,” los blancos de Yucatán, que no querían ser el segundo oprobio de la colonialidad (el primer oprobio inició en 1791 con el cónclave de Bois-Cayman, dando inicio con esto el proceso de independencia de los negros de  Haití), preferían abandonarse mil veces y otras mil más, en manos del Imperialismo; ser colonia yanqui o volver al seno de su “madre”, o padre qué más da, patria española, que pasar la vergüenza de ser colonia interna de sus indios. Fue tanto el odio que llegó a tener este “patricio” nacido por accidente en Tixcacaltuyb, contra los mayas rebeldes (y no sólo rebeldes); este odio azufroso del obeso doctor Sierra O’Reilly al cual la cultura oficial yucateca homenajea este 2014 en los marcos de un dizque Festival Maya Internacional, que todavía a muchos, como a mí, causa estupor recordar su abominable maldición a la raza indómita de los Xiu y Cocom:

[…] yo siempre he tenido lástima a los pobres indios, me he dolido de su condición y más de una vez he hecho esfuerzos por mejorarla, porque se les aliviase de unas cargas que a mí me parecían muy onerosas. Pero ¡los salvajes! Brutos infames que se están cebando en sangre, en incendios y destrucción. Yo quisiera hoy que desapareciera esa raza maldita y jamás volviese a aparecer entre nosotros. Lo que hemos hecho para civilizarla se ha convertido en nuestro propio daño y es ciertamente muy sensible y muy cruel tener que arrepentirse hoy de acciones que nos han parecido buenas. ¡Bárbaros! Yo los maldigo hoy por su ferocidad salvaje, por su odio fanático y por su innoble afán de exterminio.[3]

 Pero esta frase, arguyo, no conoce el gobierno municipal de Yaxcabá, y a la “inteligencia” oficial yucateca se le hace muy poca cosa la maldición sierrao’reillyana, a pesar de que existan libros serios y sesudos, como el de Arturo Taracena,[4] que habla de la construcción del regionalismo –o digo yo, nacioalismo- yucateco, representado icónicamente por el Museo Yucateco y el Registro Yucateco (dos periódicos culturales de Sierra O’Reilly), excluidores, no necesito decirlo, de los indios de Yucatán.



[1] “Yaxcabá se suma a las actividades por el bicentenario del nacimiento de Justo Sierra O’Reilly.” Diario de Yucatán, 27 de agosto de 2014.
[2] Véase el texto de Mendiolea, llamado “Justo Sierra O’Reilly. (Literato, Jurista, Político, Historiador). 1814-1861, en Enciclopedia Yucatanense, Tomo VII.
[3] Sierra O’Reilly, en Gilberto Avilez Tax, Radiografiando la autonomía de los herederos de la Cruz Parlante: de la autonomía cruzoob a los derechos indigenistas”, tesis de maestría en ciencias sociales, UQROO, p. 214.
[4] Cfr. Arturo Taracena, De la nostalgia por la memoria a la memoria nostálgica: el periodismo literario en la construcción del regionalismo yucateco, México, UNAM, 2010. 

viernes, 19 de septiembre de 2014

JOSÉ TEC POOT: NUESTRO ANTROPÓLOGO MAYA




Señor José, tu vives en nuestro corazón
Y aunque te fuiste para nunca volver,
Desde ahora tu nombre queda para recordarte,
Y junto a nuestros héroes Cocom, Canek, Ay,
Chi  y Pat, agregaremos a Tec.
                                   
Geraldo Can Pat, poeta de Tibolón.


Cuando un visitante del pueblo de Ixil se topaba con José Tec Poot y quedaba fascinado por el conocimiento y el don de gentes de José, irremediablemente preguntaba a los vecinos quién era el personaje, y un viejo del pueblo decía con orgullo: “Es nuestro antropólogo”, y Tec Poot en verdad que era el antropólogo nativo del pueblo de Ixil….
El 19 de septiembre es una fecha triste para todo México, pero más triste para la antropología yucateca, y más triste aún para un pequeño pueblo del norte yucateco: Ixil, pues esta  es la fecha en que el prometedor investigador y antropólogo maya, José Tec Poot, dejó de existir a tan temprana edad de 36 años.

Y es que Tec Poot, con orgullo pueblerino, habló con amor y cariño sobre las cebollitas de Ixil y se preocupó por las inundaciones frecuentes de su pueblo. Como un sabio apicultor, Tec Poot habló sobre la miel dando cátedras a Boccara; y para que los monolingües del castellano entiendan la grandeza de los que pusieron el mundo neocolonial yucateco patas arriba en 1847, tradujo del maya al español la proclama guerrera de Manuel Antonio Ay y Jacinto Canek; y fue pionero de los defensores de la cultura y la lengua maya, siendo maya él mismo pero sin jactancias y sin medrar con la etnicidad, como muchos mayas de dientes afuera hacen ahora, porque Tec Poot era de otra madera, muy distinto a esos “mayas profesionales” que se destilan en estos tiempos de neoindigenismo barato, de neoindigenismos de logreros. 

Poot nos recordó un viejo estribillo maya que le contó su abuelo, y que su padre decía que era un canto antiguo de estas tierras del Mayab: El Wech, una canción de protesta, según Tec Poot, contra los opresores extranjeros, los dzules de barbas rubicundas. El maestro Poot, que conocería casi todos los pueblos yucatecos mediante la Unidad de Culturas Populares en Yucatán que el dirigió, también ayudó a De la Garza en la localización de pueblos yucatecos para la redacción de las Relaciones Histórico-Geográficas de la Gobernación de Yucatán. Trabajando con campesinos de Peto, Tzucacab y Tekax, Tec Poot contó la terrible calamidad que produce en las milpas las lluvias del K’ankubul’ Ha, lluvia del sur y de cualquier otro punto que a los tres días de caída pone roja las hojas del maíz y a las raíces seca.

Antropólogo maya cuando la antropología yucateca (una antropología blanca escrita desde la colonialidad del poder de la ciudad letrada meridana) se encontraba copada por los dzules de Mérida, Miguel Alberto Bartolomé –aquel argentino que le sacó ampollas al culo de la academia decimonónica yucateca de la década de 1970-1990, con La dinámica social de los mayas de Yucatán, donde habló de la situación interétnica neocolonial que todavía existe en buena parte de la sociedad yucateca del siglo XXI- recuerda que cuando el joven Tec Poot, ese hermano nuestro, iba a la antigua facultad de antropología de Mérida, las niñitas de papi y los hijitos “revolucionarios” bien encebados (burgueses podridos, pero adoradores prostitutos de utopías cadavéricas como las fiebres tercianas de la guerrilla centroamericana, la cubana, las sudacas maoístas), le decían al joven Tec Poot que qué hacía ahí, con ellos, frente a estos civilizados blancos que estudiaban la antropología blanca yucateca, escrita y aprendida desde la colonialidad del poder; que era un desvarío de un atrevido indio el presentarse en los recintos de la ciencia yucateca escrita desde la colonialidad del saber;  que mejor se hubiera esperado a que las niñitas de papi y los hijitos revolucionarios burgueses de mami ,fueran a Ixil a entrevistarlo, pues veían que Tec Poot sería un buen “objeto", nunca sujeto, de estudio, un informante bien informado. Esta era la anécdota que Bartolomé apuntó en un libro que no recuerdo su título y no tengo a mano en estos momentos.

El 19 de septiembre de 1985, cuando el país se vistió de luto por el terremoto, la vida de este insigne antropólogo maya que ayudó para la descolonización de la antropología yucateca, llegó a su final de forma trágica. Tec Poot, con un compañero de trabajo, Miguel Arzápalo, se habían alojado en el cuarto 541 del Hotel Regis de la avenida Juárez. Este hotel colapsaría completamente, y después se incendiaría. Las búsquedas del antropólogo maya casi se iniciaron desde el mismo día de la tragedia: mientras la ciudad de México era un caos de escombros y muerte, el poeta Carlos Montemayor, amigo de Tec Poot, en mangas de camisa ayudó en la búsqueda, pero el cuerpo de Tec Poot no se encontraría. Después vendrían los homenajes post mortem al hijo de doña Loreto Poot y del campesino Paulino Tec. Sarkisyanz diría, con justicia, que Tec Poot fue inspirador de investigadores extranjeros, adaptados a la lengua por el impulso constructor de Tec. El 14 de octubre de 1985, el Auditorio de la Facultad de Ciencias Antropológicas de Mérida llevaría desde esa fecha el nombre de José Tec Poot; y ese mismo año, doña Loreto, recibiría la Medalla Yucatán, con que el gobierno y la academia yucateca reconocían, siempre tarde, a la vida y obra de un hombre que fue un punto de inflexión para la deconstrucción de la colonialidad del saber en Yucatán.

Nota.

Este artículo no pudo haber sido escrito sin el libro de Miguel Ángel Orilla Canché, José Tec Poot: Una vida dedicada a los mayas.



jueves, 18 de septiembre de 2014

DE POR QUÉ KOPOMÁ ES UN PUEBLO DE BÁRBAROS, O APUNTES SOBRE LAS SUBREGIONES YUCATECAS



El día de ayer leí en el portal de noticias Libertad de expresión, que en el pueblo de Kopomá “las celebraciones con motivo de las fiestas patrias se salieron fuera de control”, pues resulta que los "usos y costumbres" de la población “tomaron un giro violento y atentaron flagrantemente contra la Ley para la Protección de la Fauna del Estado de Yucatán.” Y es que resulta que en Kopomá, todo el pueblo festejó su “independencia” pateando gallinas e iguanas en el centro de ese pueblo, y se metió a muchos iguanos en piñatas. Estas piñatas eran golpeadas con palos, y al romperse, los iguanos caían y eran perseguidos y pateados y apedreados hasta la muerte, por aquellos que se dicen humanos (chiquitos, hombres, viejos) de ese pueblo de bárbaros. Todo este espantajo, que nos recuerda las escenas más enfermizas de las guerras intratribales, se dio con anuencia y beneplácito del ayutamiento de Kopomá, presidido por el priísta José Miguel Asencion Barboza Ek, que estuvo presente en los "festejos", y se refocilaba, como idólatra que es, tomando fotitos al desplumadero de gallinas y al desollamiento de las pobres y pacìficas iguanas.
Tal vez más de un mariguano antropólogo o antropóloga salga con que la fiesta de estos bárbaros de Kopomá, tiene “reminiscencias” prehispánicasw, por eso de que en la ceremonia del Pa Puul (la rompedera de vasijas llenas de iguanos pidiendo la lluvia, ver video aquí) que se realiza en Tipikal, Yucatán, se mete a iguanas en vasijas piñateras. Sin embargo, en el Pa Puul no se matan gallinas de esa forma tan bárbara, y menos a las pobres iguanas que, al contrario del centro del país, los yucatecos no frecuentamos comerlas. Lo de Kopomá no tiene nada que ver con lo del Pa Puul, o tal vez sí, tal vez es una historia de brutalización cultural producido por la historia que ha cursado ese pueblo cercano a Mérida.
Pues bien, por lo de Kopomá surgieron unos diálogos virtuales (u opinadera virtual) en torno al proceso de barbarie cultural de un pueblo, Kopomá, el cual sólo la historia puede explicar.

En mi primera impresión de los hechos señalé, irónico, lo siguiente:

Me gusta mucho las tradiciones bestiales de esa gente de Kopomá, y los defensores a ultranza -pienso en cada radical fumador de mariguana, etc, etc- de los derechos "de los pueblos originarios" dirán que esto se debería respetar porque "es parte, es parte de nuestra cultura." Si a eso se le llama "cultura", no me quiero imaginar lo que no es cultura para los de Kopomá.

Como Guerracastólogo que soy, recurrí a esta charada, vomitando mi molestia:

COMIENZAN POR MATAR GALLINAS E IGUANAS Y, SI NOS APENDEJAMOS, TERMINARÁN POR HACER OTRA GUERRA DE CASTAS LOS HIJUEPUTAS

El problema de los de Kopomá es, precisamente, su cultura. Bien haríamos en trepanarle el cerebro a cada wiro de ahí y decirle que las gallinas y las iguanas también forman parte de una cultura mucho más amplia, civilizada y universal que defiende la vida de cualquier especie. Una cultura muy distinta a su cultura de albarradas y henequenales.

Estoy a un paso de citar la frase de guerra de don Sierra O'Reilly: "raza maldita", los de Kopomá.

Es indignante, descabellado, animalezco ese pueblo.

Se ven esas imágenes de esos chiquitos feos, bizcos y montaraces, yendo en pos de las pobres iguanas, pateándolas como si fueran pelotas, a las indefensas gallinas; y el alcalde priísta de ese pueblo, pues nada, divirtiéndose como wiro caníbal que es.

Comienzan por matar gallinas e iguanas y, si nos apendejamos, terminarán por hacer otra Guerra de Castas los hijupuetas....

En torno a la opinadera de uno de Cansahcab, de uno de Buctzotz, y este apátrida que escribe

Mi amigo, el poeta Oscar Sauri Bazán, piensa que tal vez  “el salvajismo de Kopomá puede deberse al envilecimiento de las antiguas tradiciones prehispánicas y/o coloniales”. Yo respondí: “Eso digo yo: creo que el periodo henequenero hizo mucho daño a los pueblos alrededor de Mérida. En el sur y el oriente yucateco, eso no se da”. El escritor Lázaro Kan Ek, terció en el cambio de ideas, y acotó:

“De acuerdo estimado Gilberto, hay que revisar la colonia, usted como historiador, no puede ser mejor. Lo que mis abuelos me han contado sobre la cultura maya es que los animales son nuestros nahuales o wáay o pixan. El concepto in walak' ba'alche', significa "lo que yo era antes de ser lo que hoy soy" había un gran respeto por los animales, eran hermanos, no recursos humanos; así me lo enseñaron mis abuelos y así lo creo hasta hoy, por eso no soy partidario de los torneos de lazo ni de las corridas de toros, pero es sólo un punto de vista, preferencia y creencia personal; no tiene que ser la verdad y menos la única.”

La opinión de Lazaro Kan Ek, me dio pie para apuntar una idea que defiendo en una tesis doctoral, sobre las distintas subregiones yucatecas:


El periodo henequenero - y no lo digo por decir- fue un momento triste en la historia del pueblo maya del noroeste yucateco. Ahí desapareció el milpero, las tradiciones mayas se degradaron, envilecidas por la etapa esclava que vivieron los pueblos a las inmediaciones de Mérida cuando el henequén. Kopomá está dentro de esa zona.  En otras partes de la Península, donde la garra asesina del henequén no llegó (el sur y oriente yucateco), las tradiciones indígenas (lengua, cultura, literatura oral misma, hasta la tierra) pasaron ese negro periodo (1870-1937) de un modo completamente distinto, menos duro, y llegaron con una fuerza cultural incuestionable y ejemplificada en diversas etnografías (Redfield, Villa Rojas y tantos otros que vinieron después).

Ni el periodo chiclero desestructuró la "trama de significados" de la cultura maya de pueblos del sur y del oriente, porque los chicleros yucatecos llevaron a la selva sus mitos, leyendas y tradiciones mayas.
No es por nada que la cultura maya está más fuerte en pueblos del sur y del oriente, contrario a los  pueblos donde la cercanía de Mérida es completa, avasallante. El sur lejano y profundo, y el oriente yucateco, es la otra cara de la barbarie de Kopomá. Una cara civilizada, de civilización que tiene más de 3,000 años de existencia.

Lázaro Kan Ek, sugerente, dijo:

“Yo soy de Buctzotz (que debería ser en realidad Búuk Soots') es parte del noreste, es un pueblo milpero y lo fue siempre, afortunadamente nunca henequenero, pero vimos como familia (abuelos, bisabuélos y tatarabuelos) lo que se vivía en las grandes haciendas de San Antonio Cámara y San Francisco Manzanilla; pudimos percibir con un poco más de claridad el poder de la conquista y colonización de las haciendas que de los mayas semi libres a partir de mi pueblo; aunque empezaron algunas haciendas no pudieron florecer por la acometida de personajes como Pedro Crespo de Temax y Juan Campos de Dzilam.”

Finalizamos la charla virtual, con este comentario mío, que regresaba a la idea de las subregiones yucatecas:

Me gusta el pueblo de Buctzotz, lo he visitado en dos ocasiones, maestro Lázaro Kan Ek, pero si nos fijamos bien en un mapa, comprobaremos que la influencia meridana no llega a Buctzotz: Buctzotz, así como el Temax del león del oriente, Pedro Crespo, está en los bordes de la barbarie que fue el periodo henequenero yucateco, y desde luego, hubo pueblos que lograron subsistir al embate capitalista de los reyezuelos del henequén, como Búuk Soots'....

Al final, mi amigo Lázao Kan Ek, dijo:

“De acuedo estimado, quizá por eso te decía que nosotros los de Búuk Soots' miramos con un poco más de claridad la situación. Tengo 30 años viviendo en Ticul donde laboro como profesor de filosofía desde hace 21 años en el CERT, esta oportunidad me ha ayudado a mirar el sur de cerca y escuchar a muchos abuelos de esta parte de Yucatán; mi trabajo con campesinos desde hace más de 25 años me ha ayudado a entender algunas situaciones enterradas por la colonia y el peso de la conquista. Estoy de acuerdo que como pueblo maya tenemos que sentarnos a platicar de nuevo, es urgente mirarnos y mirarnos a cada momento y qué mejor que ya tenemos hombres tan preparados como usted que nos ayuden a entender la entramada realidad e historia.”







martes, 16 de septiembre de 2014

FÁBULA DE LA INVASIÓN DE LAS CHAYKANES AL PUEBLO DE LOS PETULES



¡Serpientes! ¡Raza de víboras! ¿Cómo van a escapar del castigo del infierno? Por esto yo les voy a enviar profetas, sabios y maestros. Pero ustedes matarán y crucificarán a algunos de ellos, y a otros los golpearán en las sinagogas y los perseguirán de pueblo en pueblo…. Mateo 23:33-34.

Las víboras chaykanes ríen como mujer…


Entre los anales de los más viejos de los viejos, se cuenta la historia de cuando las víboras chaykanes invadieron un pueblo y sus escamas se multiplicaron como la mierda de los días.

Los anales que han llegado hasta nosotros dicen que, antes, los hombres y mujeres verdaderos de aquel pueblo de petules (raza extinta, recordada únicamente por arqueólogos y merolicos) conocido como U-Pec-kin, o Pet tu’ (que, según los que todavía recuerdan la lengua milenaria de los petules, significa la “hedionda corona”), habían tenido una larga y fructífera vida, sembrando y cosechando sus milpas repletas de maicitos, calabazas, chiles y tubérculos.
Los petules, además, gustaban de la sangre como si de maíz tierno de diciembre se tratara, y hacían con gusto sus guerras a otras tribus más bárbaras, y adoraban a sus dioses paganos del tiempo de su gentilidad, con bailes, areitos y copales quemados junto a las piras ardientes donde cocían las nalgas más carnosas de sus vírgenes canéforas.
Y para los meses en que las lluvias estivales arrejuntaban las nubes grises y soltaban sus orines, esto significaba que los más resueltos de los petules, iban a las casas de unos otomanos que vivían con ellos desde tiempos de la pacificación de una raza montaraz y caníbal llamada Santa Cruz, y se “enganchaban”,  y conseguían unos pesos, y al día siguiente, caminando y siguiendo a las muladas de la arria, se iban a un lugar llamado “La Montaña”, donde los esperaban enormes zancudos, moscas que pudrían las carnes, lagartos voladores, nauyacas asesinas y el vaho de la pudridera de la selva. Los petules aguantaban todo eso, porque sus dineros estaban entre esos malos vientos selváticos: en medio de ellos, un árbol, el zapote, los aguardaba para que prestos lo ordeñaran y prestos volvieran con sus dineros al pueblo de “la hediendo corona”, a empuercarse y empiernarse en sus jacales o en las chozas miserables de las putas no menos miserables del pueblo, y así crecer a esa raza entre nómada y sedentaria de los petules.
Pero el tiempo de ellos estaba medido con las aguas frías de los solitarios cenotes. Era un hecho que esta raza tan laboriosa desaparecería un día del registro de la historia. Los pájaros agoreros y los malos vientos del destino les tenían deparado un final atroz para este pueblo tan supersticioso.
Después de la invasión de la langosta (los registros que quedaron, fechan la llegada del acridio entre 1939 y 1944), una raza de víboras malditas de chaykanees comenzaron a empollarse, o encamarse, o enfangarse en la comarca de “la hedionda corona”, y fue cuando vino la decadencia.
Al principio, los petules pensaron que las víboras chaykanes eran atraídas por tanto montonal de langostas que inundaban las calles del pueblo. No le dieron importancia a la llegada de las víboras chaykanes. Estas aparecían por todos lados comiendo las cenizas de las langostas. Aparecían en la hamaca, donde una mujer petul se encabritaba como una endemoniada sobre la verga de su hombre. Aparecían entre los sacos de maicitos, y en las sartenejas donde el petul cazador buscaba el agua del monte.
No sé si fue en el año 8 de la cuenta de la llegada de las langostas, cuando en verdad comenzó la tragedia. De pronto, las parteras comenzaron a recibir, de entre las piernas de las hembras petules, a unos recién nacidos que tenían toda la fisonomía de los primeros hijos, pero que eran distintos en el aroma: “olían a marisco”, era una frase que logré paleografiar de unos viejos papeles que se salvaron de un terrible huracán, el Gilberto. “Olían a marisco”, fue una frase que me hizo comprender el olor tan característico de los actuales habitantes de la comarca de “la hedionda corona”: dados a bañarse todos los días con sus jabones nórdicos de puta, y a empuercarse con perfumes baratos, no hay ningún petul –indio, blanco o mestizo- que no deje de oler a marisco, como si de víboras chaykanes se tratara.



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