lunes, 30 de marzo de 2015

La caída del Hombre Mosca en Tizimín

Palacio Municipal de Tizimín con la torre del reloj

Años después de la gesta que hiciera en 1922 el gran equilibrista irlandés Babe White, al cruzar, valiéndose de una garrocha, las dos torres de la catedral de Puebla en una cuerda; a Yucatán arribaría otro “hombre mosca": el temerario funámbulo veracruzano Federico Sainz, miembro del Club Deportivo de la capital del país. En anterior texto, hemos hablado de la historia oral de este Hombre mosca, que pervive apenas en contados nonagenarios de Yucatán, sin haber referido su nombre ni la fecha exacta de su presencia en la Península debido a que no teníamos, en ese momento, material documental pero sí la memorial oral.[1] Ahora sabemos el nombre del continuador y nacionalizador de la gesta de Babe White,[2] que por azares de la historia había pasado desapercibido en los anales de las notas curiosas y los casos insólitos y las extravagancias en la Península. 
Sainz, como Babe White, recorrería casi todos los pueblos de Yucatán en 1933, haciendo malabares, subiéndose a las iglesias, bailando polkas rusas y haciendo la difícil y suicida suerte del paso del Niágara mientras se fumaba un cigarrillo desde las alturas. Sin embargo, de Federico Sainz no sabemos más que su lugar de origen. Ni su fecha de nacimiento y muerte han llegado hasta nosotros, y sus años y sus días han sido completamente borrados del recuerdo, salvo aquellos momentos en que se granjeó el respeto de muchos yucatecos de los pueblos, subiéndose a las iglesias y contemplando el horizonte plano de la Península, mientras, abajo, expectantes y asombrados, los lugareños observaban el hierático equilibrio granítico del Hombre Mosca.
En el año 2013, una vez llegado a mi conocimiento la existencia de este hombre mosca mediante la tradición oral, intenté en vano encontrar un registro documental sobre su estancia en la Península. Supuse que el Hombre Mosca no dejó más huella que su evocación en el recuerdo de los viejos, pero tenía la corazonada de que algo de él hubo de haber quedado en la letra de los linotipos de la época, y así fue. Para principios de abril de 2014, con los ojos cansados y rojos por la fatiga de estar más de 7 horas revisando los periódicos de la década de 1930, leí sin querer una nota de prensa pequeña sobre la Villa de Peto, que refería claramente la presencia de este personaje en el pueblo, y que busqué en vano durante más de un año:

Ante numeroso público y siendo las 11 horas, el joven deportista Federico Sainz, escaló la parte poniente del templo, ejecutando, al llegar a la torre, difíciles actos acrobáticos. El señor Sainz viaja en representación del Comité Central Deportista de México en unión del señor Pedro Tejero.[3]

Esta simple y, aparentemente, intrascendente nota, alegró la desolada tarde de aquel abril, pues el Hombre Mosca había salido del mar de amarillentos periódicos y reclamaba su derecho de “peregrino” deportista a estas lajas peninsulares. Sacando fuerzas de yo no sé donde, con la espalda molida por las siete horas de estar parado revisando los periódicos, decidí seguir en busca de otro posible rastro del Hombre Mosca.
Efectivamente, los registros hemerográficos aseguraban que el día 4 de junio de 1933, Federico Sainz, ya conocido como el Hombre Mosca, miembro del Club Deportivo de la capital del país, al querer escalar la torre del reloj del palacio municipal de Tizimín, había caído al suelo desde una altura de cerca de diez metros. Inconsciente, Sainz fue levantado del suelo inmediatamente y llevado a la botica del doctor Juan Rivero, donde se le curó de sus heridas.[4] Al principio, se dijo que la razón de la caída de el Hombre Mosca se debió a que Sainz, al sostenerse de una cuerda, perdió el equilibrio porque la soga no estaba bien amarrada. Datos posteriores, cuentan que, Sainz, con la anuencia del ayuntamiento de Tizimín, tenían la intención de escalar “el frente del reloj público hasta su parte más alta y hacer distintos actos acrobáticos durante el ascenso”. 
La ascensión de Sainz ante un numeroso público tizimileño que se dio cita en la plaza principal de esa ciudad oriental para ver la memorable escalada, comenzó a las diecisiete horas. Al llegar a la altura del reloj, Sainz perdió el equilibrio y cayó al piso. La voz más aceptada del origen de su caída, decía que se debió a que “las molduras” de la fachada de la torre del reloj no eran consistentes. Sainz, para contrarrestar esto, “pretendió utilizar una cuerda que desde arriba sostenía un jovencito, quien por falta de fuerza o de habilidad para sujetarla, la soltó al sentir el peso del cuerpo del infortunado Sainz”. En su caída libre, el Hombre Mosca ocasionó la casi total destrucción de la instalación eléctrica del reloj.
Una vez en la botica del médico Juan Rivero, Sainz recobró el conocimiento, y según el diagnóstico preliminar del galeno, sus heridas no eran de gravedad, aunque debido a las constantes quejas de dolor, se pensaba mandarlo a un hospital de Mérida para su mejor curación.
 La nota de prensa del corresponsal del Diario del Sureste en Tizimín, terminaba con la opinión negativa de que se debería negar nuevos permisos “para ejecutar actos de esta naturaleza, que además de estimular la morbosidad de los espectadores, ponen en peligro la vida de los que los ejecutan como en el presente caso”.[5]

Babe White ascendiendo la catedral de México en abril de 1922


[1] Véase mi texto “Recordando a un funámbulo que recorrió los pueblos de la Península”.
[2] En 1951, en la cinta El Revoltoso, Germán Valdés “Tin Tan”, vestido de hombre mosca, recrearía la gesta de White, al ascender la catedral.
[3] “Peto…Hombre mosca”. Diario del Sureste, miércoles 3 de mayo de 1933.
[4] “Un hombre mosca se cayó ayer en Tizimín”. Diario del Sureste, 5 de junio de 1933
[5] “No son de gravedad las lesiones que sufrió Sainz. El ‘Hombre Mosca’, en su caída”. Diario del Sureste, martes 6 de junio de 1933. 

Cantando en el “jato”


Cuando estaba yo en el chicle, recuerdo que iban diferentes personas a trabajar la resina. No de un solo pueblo hay en la Montaña: hay de Yucatán, de Belice, de Tabasco, de Veracruz, de Guerrero y del centro del país. Al terminar las labores del día, se juntan todos en el jato, y mientras unos comen y otros ponen a secar sus ropas frente al fuego que nos da calor y aleja a los animales del monte, otros sacan sus guitarras y cantan sus canciones que saben, y yo canto la que se, y así va aprendiendo uno a cantar las canciones de otros lugares. Este es el corrido que una tarde de día de muertos escuché una vez cantarle a un viejo chiclero campechano:

El lunes por la mañana
me encuentro con un buen zapote
le pego una calada
le meto mi recogedora
y la dejo muy bien forrada.
Más adelante me encuentro con un zapote conchudo,
le pego una calada, le digo “estás muy huesudo”.
El martes por la mañana, temprano,
me voy al hato y me espera la señora
con el frijol en el plato.
El sábado por la tarde
pongo mi paila en la lumbre
 a cocinar mi resina
como ha sido mi costumbre.
Ya con esta me despido,
cortando hojas de hierba,
ya les canté a mis amigos
Los versos de este chiclero.
Si quieren que yo cante de nuevo
sírvanme otra copa de caña,
les seguiré cantando
lo que traje de la Montaña.
Yo traje dientes de un jabalí

y también una chuparrosa que una mañana cogí. 

jueves, 26 de marzo de 2015

La Voz de la Revolución en tomos: petición de un clíonauta



En un reciente artículo de opinión historiográfica -¿o podríamos escribir, de opinión bibliotecológica?- el historiador yaxcabense Joed Peña Alcocer toca el tema de la difícil sobrevivencia actual de un periódico fundamental para el estudio del Alvaradismo en Yucatán (1915-1918), La Voz de la Revolución. De 1915 a 1919, este periódico, fundado poco tiempo después de la entrada de Alvarado a Mérida, en marzo de 1915, gracias a la incautación que el gobierno revolucionario hiciera de las prensas y los linotipos de La Revista de Yucatán, gacetilla de la oligarquía henequenera; sirvió como mural periodístico para la “narración de cómo la Revolución Constitucionalista se veía a sí misma ante el  espejo, de la inflexibilidad del régimen, pero también de los múltiples aciertos administrativos de Alvarado”.[1]
Entre los elementos tecnológicos que sirvieron para el fomento de la propaganda revolucionaria constitucionalista, la fotografía fue de gran importancia en La Voz de la Revolución: esas imágenes del hombre vestido con filipina blanca, botas con polainas y que administraba ágilmente en Palacio de Gobierno; de los campesinos mayas, al parecer, redimidos por la lente; de los paisajes de los pueblos visitados por la Revolución, etc.; al correr de los años, marchita la propaganda primera de esas imágenes, sirven ahora para las rememoraciones históricas y los cuchicheos de los clíonautas. Además, varias plumas, como la del rábano (rojo de fuera y blanco de dentro)  Ricardo Mimenza Castillo, José de la Luz Mena, el porfiriano-revolucionario-chaquetero Rodolfo Menéndez de la Peña, y el poeta Antonio Mediz Bolio, abonarían con su calidad literaria vertida en ese diario alvaradista. [2]
El conocimiento del Alvaradismo en Yucatán no puede obviar esa rica fuente documental que es La Voz de la Revolución. Sin embargo, como bien recalca Joed Peña en su artículo, a pesar de su importancia, no se cuenta con más de 2 o 3 colecciones completas de ese diario, y la mayoría de los ejemplares están en deplorables condiciones. Existe una “fragilidad de las fuentes” alvaradistas, a pesar de que los estudiosos de Alvarado se cuenten y se cuentan solos por racimos. Joed Peña advierte que con esta “fragilidad de las fuentes documentales, el no prestar atención a la conservación de periódicos y revistas nosotros mismos nos creamos lagunas documentales que pocas veces logramos subsanar”.[3]
Comparto la preocupación del historiador yaxcabense: mientras se festeja con bombo, platillo, chácharas y articulitos de prensa, el centenario de la entrada de Salvado Alvarado a Yucatán, el periódico que el divisionario fundara sufre los embates del tiempo y la incuria de los hombres y mujeres.
¿Y cómo podemos crear puentes para traspasar esas “lagunas documentales” que “nosotros mismos nos creamos”? Creo que un trabajo de primera necesidad, para este 2015, centenario de la entrada de Salvador Alvarado a Yucatán, es hacer una reproducción completa de todos los tomos de La Voz de la Revolución en forma de libros, similar a lo que se hizo con El Bule Bule y La siempreviva, para acto seguido digitalizarlos y subirlos completos en el portal de la Biblioteca Virtual de Yucatán. El clima tórrido de Mérida, la inicua actitud de los dueños de la Carlos R. Menéndez,[4] biblioteca sin aire acondicionado y sin los elementos necesarios para la conservación de los periódicos, así como la desidia del gremio de los clíonautas, ayuda para que en los 150 años de la entrada de Salvador Alvarado a Yucatán, los historiadores del mañana –si es que existe el mañana- festejen haciendo consultas de archivo en las panzas de los descendientes de las polillas que actualmente mastican La Voz de la Revolución.

Postdata

Estas dos cuartillas sí que tienen destinatario: con el deseo de que el grupo de trabajo que ha instituido el gobierno del estado yucateco, presidido por el director del Archivo General del Estado de Yucatán, tome nota de esta mi petición: que se pidan los dineros necesarios para hacer algo por la memoria yucateca, y que se rescaten a la de ya, a ese periódico paradigmático. Creo que el Archivo General del Estado de Yucatán tiene algo que hacer de forma perentoria, necesaria e ineludible, aparte de clasificar completamente los años de Alvarado, los años de Carrillo Puerto, que se instaure en el AGEY un Fondo Chiclero, y que se siga con la clasificación, pueblo por pueblo, del mar de documentos de la memoria de los yucatecos perdida en la nula clasificación del siglo XX.





[1] Joed Peña Alcocer, “La Voz de la Revolución, entre el desconocimiento y la fragilidad de las fuentes”, Por Esto!, 26 de marzo de 2015.
[2] Idem.
[3] Idem.
[4] Creo que es el único lugar donde están completos los tomos de La Voz de la Revolución, aunque, al parecer, el jurista, sociólogo e historiador Francisco José Paoli Bolio, el más completo conocedor del Alvaradismo en Yucatán, tiene la colección completa en su biblioteca personal. 

martes, 24 de marzo de 2015

Acotaciones al margen de una tesis



Ayer me cuestionaron si mi texto sobre la región de Peto tenía una raigambre dicotómica para mirar a las sociedades agrarias. La pregunta fue formulada más o menos así: ¿Hago en 700 páginas en realidad la apología de la víctima, del "perdedor", del campesino maya subalterno, y por el contrario, llamo a cuentas de forma implacable a las "elites rurales", a los "dzules" del pueblo para sentenciarlas y, al final, afusilarlas?
Me gusta la idea de fungir como juez, pero los moldes científicos de la historia no estriban en eso. Simplemente digo que, en 100 años de historia pueblerina, el modelo para analizar los pueblos rurales alejados de Mérida recorren una senda racista, excluyente de la diversidad. Nada nuevo es esto para cualquier burdo conocedor de la historia yucateca.
Pero, sin duda, planteo una tesis que muy pocos han abordado seriamente: la idea de que los pueblos yucatecos de la segunda mitad del siglo XIX, es decir, los pueblerinos "subalternos", mientras más se alejaban del centro irradiador del capitalismo (Mérida y su región), y más se acercaban a la territorialidad de Chan Santa Cruz, tuvieron un mayor margen de maniobra, contaron con mayores elementos de cohesión social para hacer frente a los intereses del mundo neocolonial de Yucatán, y al final, en la década de 1890 y en los años de las revueltas en el campo yucateco (1909-1924) ejemplificaron prístinamente su sedimento autonómico apelando al discurso de la infra y la baja política, así como al discurso más elocuente fraguado por los pobres de la tierra: la violencia creadora.
En este sentido, podríamos preguntarnos y respondernos cuál fue la importancia de la guerra de castas para la historia de Yucatán. Sin duda mi respuesta estriba en la defensa de la tradición maya dentro de Santa Cruz, así como en las fronteras con la territorialidad rebelde, y el hecho indudable de la defensa agraria llevada a cabo de diversas maneras tanto en la frontera como dentro de la territorialidad rebelde. 

viernes, 20 de marzo de 2015

UN CIUDADANO DE LA TIERRA DE LOS VIENTOS EN EL PAÍS DE LA TIERRA QUE TIEMBLA


Nunca había sentido un temblor en mi vida…hasta hoy, 20 de marzo de 2015, en que tuve el “privilegio” de sentirlo. Entre si llevarme el bocado de una comida de vegetariano de a huevo por la cuaresma a la boca, o seguir con un fino y aburrido discurso que estaba armando sobre el vuelo de los tordos mitológicos en el crepúsculo, de pronto sentí como que me encontraba arriba de una lavadora en movimiento: la silla comenzó a vibrar, pero todo fue tan rápido, que el pequeño temblor apenas tuvo tiempo de darme una zangoloteada y hacer que pregunte, estúpidamente, “¿está temblando?” Sí, efectivamente tembló, un parpadeo de temblor nomás.

      Todo esto sería común, cosa de todos los días si no fuera un hombre de las tierras bajas de Yucatán donde los temblores no se dan, aunque les joda creerlo a los chetumaleños, que aseguran que en su patio sí tiembla y tira peditos de agruras la húmeda tierra de esos andurriales. Y es cierto, uno sólo está acostumbrado a lidiar con los huracanes desde tiempos en que mamaba teta, a vivir siempre a la espera de que en el Atlántico se arrejunten los vientos y manden los dioses las aguas poderosas del ciclón. Los indios de las costas del golfo de México, los mayas de la península y los antropófagos de las Antillas lo sabían: jurakán, kukulkán, es otro de los nombres antiguos del dios que arracima los vientos.

Los hombres de las tierras bajas, de la costa y las islas no tenemos la experiencia de los sismos. Sismos, terremotos, entiendo más la graduación de la escala Saffir-Simpson, no sé quién es Richter, y se me complica seguir la lógica de los epicentros y la tectónica de placas y las fallas, grietas y socavones y la temblorina volcánica en un centro de México que Cortés, el conquistador, describió a su rey perfectamente como un “pergamino corrugado” por estar cruzado de volcanes, serranías, bárbaras montañas y sierras madres orientales y occidentales que siempre han sido la perdición y la razón de los Muchos Méxicos divididos por lomas, “filos de caballos” y la gran Sierra, la sierra madre occidental.

            Precisamente, allá en la Sierra, en el sur profundo, en el Guerrero bronco, se cuenta entre sus gentes sencillas, que cuando el temblor llega, se escucha un ruido largo, pronunciado y sostenido que baja, sube o recorre a pasos raudos la sierra espantando a los animales, a las aves y a los cristianos. Es un eco del temblor que viene gorgoreando, y los hombres y mujeres de la sierra, apenas oír ese quejido de la tierra se hincan donde les agarre y rezan la magnífica y recitan palabras de padrenuestro y madres dolorosas.

En mis tiempos de secundaria, recuerdo el día en que la felicidad vino a mi por una palabra que aprendí leyendo mi libro de geografía: asísmica. Y es que la Península toda, decía mi maestro, el viejo Brito, era asísmica, y nunca de los nunca temblaría y el miedo animal que sentía de que se cayera el techo de mi casa, desapareció por completo debido a las salmodias del viejo Brito y sus asísmicas exclamaciones.

A la semana siguiente de aprender la lección sobre los terremotos, la felicidad se presentó nuevamente, y es que el viejo Brito, con aspecto sombrío, entró a la clase con el periódico apesgado en la sobaquera de su guayabera, y lo abrió en su mesa y comenzó a decirnos: “se aproxima un huracán, justo ahora en que voy a dar la clase sobre ello”.  Y comenzó a contarnos sobre las distintas fases y graduaciones de los vientos, a decirnos cómo es el ojo del huracán, a recordar la fuerza del Gilberto, a contarnos anécdotas que viejos chicleros le habían referido sobre el Hilda, y a casi llorar al recordar que el Janet había casi comido a Chetumal y que Pedro Infante se comportó como un héroe aquella vez, llevando en su bimotor a muchos chetumaleños hacia los hospitales de Mérida. Al día siguiente no hubo clases, Roxana, otro huracán con nombre de hembra brava, había llegado al pueblo desde la madrugada, trayendo harta agua y rugiendo poderosa. Como sucediera con el Gilberto, un recuerdo vivo de Roxana sucedió cuando mi madre me dijo que me levantara de la hamaca y fuera donde ella, en la ventana, para contemplar el ojo del huracán que, según el dicterio demoledor de mi padre, se encontraba justo en Tzucacab. Horas antes, todo el pueblo hormigueaba en las tiendas comprando “barras”, quesos bolas, laterías y otros chécheres para pasar el día tomando chocolate y platicando quitados de la pena sobre cosas triviales mientras el huracán lloraba sulfurosa.

Ciudadano como soy del país de la tierra de los vientos –así concibo a la península-, si me dieran a elegir entre la mustia temblorina de mi silla movida por una lavadora gigantesca, o tomar chocolate y comer barra con queso bola y platicar quitado de la pena sobre trivialidades, no hay duda que elegiría lo segundo: mi experiencia de veterano de cinco huracanes y mi nombre me respaldan.

miércoles, 18 de marzo de 2015

INCURSIÓN AL COLEGIO DE MÉXICO



Hoy visité El Colegio de México, A.C. (COLMEX)​. No miento si digo que me sentí como en casa, al igual que cuando visité por primera vez Ciudad Universitaria. Y es que es la primera vez que me atrevo a penetrar en ese célebre recinto del saber que no le pide nada a las mejores universidades de Europa y Estados Unidos.
El COLMEX, cuyos padres fundadores fueron, además de los “transterrados” de la República española, don Alfonso Reyes y el gran historiador yucateco don Silvio Zavala Vallado, de reciente muerte este último. Tanto Alfonso Reyes, en el exilio en España posterior a la muerte de su padre en la Decena Trágica, el general Bernardo Reyes; así como un joven Silvio Zavala, haciendo su estancia doctoral en la Península ibérica, fueron los causantes de la creación de la Casa de España con esa miríada de literatos, escritores, intelectuales, historiadores y filósofos españoles que llegaron a México huyendo de la peste totalitaria que había inundado a España con los cañones y campanas de la soldadesca rezandera.  
La palabra transterrados (la vigésima tercera edición del diccionario de la Real Academia acepta el verbo "transterrar", y lo define como el acto de "expulsar a alguien de un territorio, generalmente por motivos políticos"), si no me equivoco, fue acuñada por José Gaos, y hacía relación a una metáfora agrícola de la trasplantación de una planta o un árbol para que germine y de frutos en otra tierra nueva: los que perdieron la guerra contra el fascismo oscurantista e inquisitorial de Franco y compañía, como José Gaos, Ramón Iglesia Parga, y el siempre ameno don Luis Recasens Siches (en otro tiempo, me leí su tratado de filosofía y de sociología del derecho de este sabio seguidor de José Ortega y Gasset​), acaudillados por el todólogo don Alfonso Reyes, hicieron germinar nuevamente la palabra y el pensamiento latinoamericano en esa casa de estudios fundada en 1938 con el nombre de La Casa de España, y desde 1940 con el actual nombre del COLMEX.
Del COLMEX han salido innumerables historiadores, el COLMEX ha dado a políticos de peso, y ahí han enseñado grandes maestros. Su Fondo de Cultura Económica me ha dado los libros más memorables escritos por el pensamiento humano (desde la historia, la economía, la teoría política, la ciencia jurídica y la literatura), y siempre recuerdo la primera vez que visité una librería del FCE, precisamente, en la gris ciudad de México. Recientemente, uno de estos grandes maestros del COLMEX, don Moisés González Navarro (1926-2015) dejó de existir.[1] Es preciso recordar a don Moisés González Navarro por su recopilación estadística, por su enseñanza de la historia social del Porfiriato, pero sobre todo, para los yucatecólogos, por su libro Raza y tierra. La guerra de castas y el henequén, editado bajo el sello del COLMEX en 1979, un texto seminal de la Guerra de Castas escrito desde la visión mexicana, posterior del libro de Nelson Reed sobre el tópico. No miento si digo que leí con el lápiz siempre pegado a las hojas, el texto de González Navarro.
Y es que el mundo investigativo del COLMEX es una fiesta del espíritu, e indirectamente, yo me siento muy colmexiano, al igual que me siento muy de la UNAM, y no por mis maestros, si no por las lecturas y textos del cual he abrevado.
Como he dicho, al entrar a este recinto, llevando una tesis doctoral mía al cubículo de la doctora Romana Falcón, visité, entre otras cosas, la biblioteca Cosío Villegas, vi una placa de los transterrados, contemplé el busto del patriarca don Alfonso Reyes, entré a cuchichear en la librería Víctor Urquidi de allá, y recordé mis lecturas que he realizado en libros bajo el sello del FCE. Me siento, en verdad, agradecido con la vida. Porque ser el hijo de un hojalatero de una villa alejada del sur de Yucatán, y llegar aquí, en esta casa de estudios, la máxima creo yo, tal vez no signifique nada para nadie, pero sí para mí.






[1] Véase la esquela de don González Navarro, escrita por otro colmexiano, Enrique Semo, en “Moisés González Navarro, historiador de la contradicción social”, Proceso, 1 de marzo de 2015, número 2000. 

jueves, 12 de marzo de 2015

¡YA NOS CARGÓ LA VERGA!


Circula por internet una nota de fuente dudosa subido a distintos portales, que asegura que el 24 de agosto de 2015, al caer la tarde, comenzarán cuatro días de tinieblas: el sol no volverá por 96 horas, aunque las vaharadas solares seguirán llegando, lo que no desencadenará conmociones naturales como maremotos, muertes de flora y fauna, desequilibrios en el ciclo de la regeneración de la biósfera, ni se tratará de la última visión de Juan en la isla de Patmos vaticinando el Apocalipsis y el inminente fin del mundo.
A este fenómeno “natural”, los de la NASA, que ya previenen a los que visitan sus instalaciones sobre esas 96 horas sin luz, lo denominan “el eclipse galáctico” que ocurre cada 26,000 años debido a que el sistema solar pasa por una brecha oscura de nuestra galaxia. Campechanamente, los científicos intentan tranquilizar el pánico cerval que caracteriza a los humanos que no practican el método científico y se dejan llevar por absurdas e indigestas supercherías: ““Al pasar nuestro sistema solar frente a la brecha oscura de la galaxia, probablemente esta brecha absorbería todos los fotones y al estar el sol entre la tierra y esta brecha oscura, evidentemente la luz del sol no llegaría a la tierra”.
Sin embargo, después de saber la mala nueva sobre el supuesto “eclipse galáctico”, aunque uno se considere muy razonador y practicante a ultranza del método científico, en su fuero interno, uno no puede dejar que le vengan imágenes de una regeneración mesoamericana, de una vuelta de los tiempos antiguos del Mayab. Y digo, literal, ¡ya nos cargó la verga!
Nos cargó porque, a pesar del barniz urbano, moderno y “civilizado” que tenemos, detrás de esto todavía guardamos nuestro arco, flecha y pedernal. Somos demasiados idólatras todavía, y no dudo que saquemos los viejos tunkules ese día 24 de agosto para implorar, como guajolotes adoloridos, la vuelta de Kinich Ahau del Xibalbá, y no tengo la menor duda de que saquemos por igual los viejos pedernales llenos de herrumbre y comencemos por sacrificar doncellas de amplio “culonamen” para las deidades de la noche , durante las largas 96 horas de su reinado catastrófico. Vuelvo a repetir, ahora sí ya nos cargó la verga.
Esto, sobre todo para los idólatras de mi pueblo, será un motivo de alarma, seguro y harán unos cuantos sacrificios humanos sangrando pene u orejas en cualquier cenote podrido por las heces del sumidero, para que el dios sol vuelva a la vida al tercer día, como si de un perfecto Jesucristo se tratara. El idólatra mayor de mi pueblo, mi amigo el Arux Kat, se subirá en uno de los “mules” (cerros) de su gentilidad y comenzará a arengar vía internet -si es que existen todavía los dones de la “modernidad” occidental y no hemos vuelto a periodos neolíticos supuestamente dejados atrás-, por el regreso a los antiguos dioses, diciendo que el dios del madero ya no sirve, y, por lo tanto, es justo y necesario un corazoncito humeante y palpitante al aire, así como una bella “nalgaderamen” para saciar la sed de sus huichilobos.
La verdad, igual a mi me da un poco de alarma... ¿Y si la brecha oscura durase mil años?

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