miércoles, 29 de octubre de 2014

EL NOBLE ÁRBOL HERIDO



Jennifer Mathews, profesora estadounidense de antropología de la Trinity University, de San Antonio "Tecsas", traduce el nombre maya del zapote (ya') de una forma un poco radical. Dice que el zapote es un noble árbol herido. Esa interpretación tal vez es discutible en el término maya yucateco ya’, con el que se conoce al zapote.
Tal vez Mathews, como me ha hecho ver el maestro Wilbert de la Cruz Uc, confunde el termino ya’ que significa zapote, con el término yaaj, que significa dolor. Sin embargo, como metáfora del proceso de extracción de la resina del zapote, a lo que sugiere Mathews con su traducción libre no le pongo ninguna objeción: el zapote, en tiempos de la época del chicle (1900-1950), era un noble árbol herido por esos carpinteros humanos y trashumantes de la selva, los chicleros.
Los mayas antiguos y el pueblo guerrero de los aztecas conocieron tanto al árbol como al fruto: tzictli en el lenguaje del poeta Netzahualcóyotl; ya', en el de los hijos de Tutul Xiu y Cocom. Ambos grupos mesoamericanos  mascaban su goma para aliviar los dolores de la panza, para apagar la sed, quitar el hambre o para sus ritualidades.
Entre las características que más llama la atención de los modernos silvicultores, está la longevidad del árbol y su resistencia desaforada. Resistente a las peores sequías, al calor más agobiante de la Península, que es el calor sub-húmedo de las tierras palustres de Quintana Roo; el longevo árbol del zapote, su médula rojiza, no se quiebra ni con los coletazos más fieros de los vientos del huracán, pero otorga su leche maternal al picado amoroso de los gambusinos de la selva, los ya olvidados chicleros.
Los antiguos mayas utilizaron los matusalénicos y sansónicos maderos del zapote para su sacra arquitectura intemporal. En todo vestigio de ruinas, de templos comidos por la selva y palacios agenciados por el INAH, el ojo avizor del curioso se encuentra con una viga o un dintel enhiesto y haciéndole frente a los milenios. En un edificio del clásico maya, generalmente el esqueleto de la argamasa y las piedras amontonadas estaba construido con este noble árbol que, durante casi medio siglo insufló vida a los pueblos del sur y oriente de Yucatán, de Chetumal, las Islas; y posibilitó la fundación de centrales chicleras (como el Kilómetro 50 luego convertido en José María Morelos[1]) y aldehuelas cercanas a las aguadas y tierras profundas y fértiles que recorrían los chicleros, que con el tiempo serían pueblos del Quintana Roo moderno.




[1] Sobre esto, cfr. la tesis de maestría de Wilbert de la Cruz Uc Uc, (2013), La población maya morelense en las estructuras del poder político local, Chetumal, UQROO.

lunes, 27 de octubre de 2014

FINADOS




Son días de finados. 

Ya se siente en el aire  


el olor inconfundible

de estos santos días


recorre las calles del pueblo.


Son los muertos que regresan

nuestros muertos, 

más vivos que nosotros,

y dejan tras su paso


el sabor  de su recuerdo.


Huele a finados, decía mi abuelo.

En el silencio que me dan estos días,

le respondo desde un más acá lejano:


Huele a ti, abuelo, 


huele a ti, padre mío. 

domingo, 26 de octubre de 2014

El bravo caudillo que le hizo morder el polvo a los cruzoob: coronel Diego Vázquez



El coronel Diego Vázquez[1] es un caso de jefe político, que niega las visiones maniqueas sobre los jefes políticos establecidas por las historias oficiales.[2] En el censo de 1880, Diego Vázquez aparece como un hombre de 60 años, viudo, labrador que sabía leer y escribir. En 1880, había sido suplente del presidente del Ayuntamiento de Peto.[3] A partir de 1882, lo vemos como jefe político de Peto, y sería este jefe político que le haría frente a los años de la langosta de 1883-1885.[4] Sabemos que en 1875, Diego Vázquez era dueño de la finca San Francisco, productora de caña dulce y que había reintroducido la siembra de tabaco en la región. 

De los pocos testamentos que tenemos de esta región, por fortuna el de Diego Vázquez pasaría la centuria y llegaría hasta nosotros. El 27 de enero de 1886, Diego Vázquez declaró, en estado de postración todavía siendo jefe político, que tenía 66 años, que era viudo, propietario y “natural y vecino de esta villa”. Y “Que temeroso de que la muerte le sobrevenga de un momento a otro”, Diego Vázquez decidió disponer de los pocos bienes que poseía. Los bienes del jefe político, radicaban en una casa zaguán en la cual vivía situada al sur de la plaza principal de Peto; una accesoria en Mérida, y era dueño, como hemos dicho, del rancho de caña dulce –y tabaco- denominado San Francisco, ubicado a legua y media al sur de Peto, así como de un solar “en los confines de esta cabecera al Norte”. Diego Vázquez tuvo tres hijos con su esposa Asunción Santos, y haciendo explícita la situación precaria de los pueblerinos de la región, Diego asentaría que de sus tres hijos, Casimiro, Anastasia y José Asunción, el primero “falleció de manos de los indios (rebeldes) siendo soltero”.[5] En el evalúo que se le hizo a los bienes de Diego Vázquez, el contraste entre el rancho -o paraje- San Francisco, y la casa accesoria de Mérida es digna de notarse: 200 pesos costaba San Francisco, y 600 pesos la casa de Mérida. La casa de zaguán de Peto se valuó en 500 pesos.[6]

El 3 de marzo de 1886, La Revista de Mérida insertó una esquela biográfica de este coronel petuleño, veterano de la Guerra de Castas. Esta esquela, o “apuntes acerca de los servicios que prestó don Diego Vázquez en la ‘guerra social’”, fue escrita por “un amigo residente en Peto”. Diego Vázquez murió el 10 de febrero de 1886, cuatro días después del último ataque que los de Santa Cruz hicieran a la frontera yucateca, en los pueblos de Tixhualatún y Dzonotchel de la jurisdicción de Peto. A Vázquez, la prensa oficial lo consideraba como “uno de los campeones más distinguidos de la guerra social”, un “bravo caudillo que muchas veces hizo morder el polvo al enemigo común”.[7] Reproduzco in extenso para tener una apreciación histórica del trayecto de vida de Vázquez:

Antes de la insurrección de los indígenas del país, se hallaba [Diego Vázquez] dedicado al comercio de esta Villa á Bacalar, hasta que en 1847 estalló la guerra social: ya desde entonces se armó en clase de subalterno, y marchó contra los indios que sucesivamente fueron apoderándose de todas las más importantes poblaciones del Estado, hasta que confinadas nuestras fuerzas á la capital por el excesivo número de los bárbaros, se dio nueva organización á nuestro ejército, que emprendió la ofensiva hasta reducir al enemigo á su actual guarida. Que en todos los puntos sitiados por los indios se encontró el finado, dando pruebas marcadas de valor, como puede verse en los partes impresos en el Boletín Oficial que veía la luz pública en los primeros años de esta lucha cruenta;[8] pudiendo decirse que no hubo encuentro de armas en aquella época, en que el Coronel Vázquez no hubiese tomado parte.
En 1852 marchó a Chichanhá con las fuerzas del General D. Rómulo Díaz de la Vega y formó parte de la Comisión que entendió en los trabajos de pacificación de los indios sureños. Poco después se le destinó a guarecer el puerto de Bacalar, en cuyo destacamento duró más de un año, sufriendo, además del peligro, las privaciones consiguientes á aquel cuartel lejano y de un clima mortífero.
Relevado del punto anterior, se le destinó á Tihosuco en clase de Capitán á las órdenes del Coronel D. Juan María Novelo, y en cuyo cantón permaneció largos años incursionando sobre los bárbaros, hasta la misma cabecera Chan Santa Cruz, mereciendo por sus heroicos servicios los ascensos sucesivos de Comandante de Batallón, Teniente Coronel y Coronel, hasta que en 1863 fue relevado del mando de Tihosuco por Jefes que estaban al servicio del Imperio. Desde entonces se dedicó á los trabajos del campo para formar un porvenir modesto á su familia…En los últimos cuatro años de su vida que desempeñó la Jefatura política del Partido de Peto, se hizo apreciar de todos por su carácter pacífico y conciliador.[9]




[1] Apuntes biográficos de los "notables" de la Villa de Peto de la segunda mitad del siglo XIX, en Avatares de una región de frontera. Peto, 1840-1940 (tesis doctoral). 
[2] Su grado de coronel lo encontré en AGEY, Poder Ejecutivo, sección jefatura política del Partido de Peto, c. 322, vol. 272, exp. 11 (1876). Édgar Mendoza (2011: 126) respecto a esta figura cardinal del esqueleto del poder político para la gobernabilidad en el siglo XIX: “El jefe político no fue únicamente un funcionario cruel y despiadado como lo pinta la historiografía tradicional, no siempre impuso por la fuerza sus caprichos y las leyes, sino sus funciones también fueron de conciliación, negociación y pacificación”
[3] Jefatura política de Peto. La Razón del Pueblo, 12 de noviembre de 1879.
[4] El 3 de julio de 1883, don Diego, conmovedoramente, comunicaba al gobernador la terrible noticia de la llegada de la langosta por los montes de Tixhualahtun: “Tengo el sentimiento de participar á U. que ayer á las doce del día ha invadido la langosta el pueblo de Tixhualahtun, de este partido en número considerable agotando las nuevas plantaciones de maíz de dicho pueblo y sin embargo de haber dictado con anterioridad todas las disposiciones referentes á su destrucción ó alejamiento del radio de este partido, las he repetido con recomendación de su exacto cumplimiento. También por varios conductos he recibido la noticia de que además de la nube de estos insectos dañinos que se ha presentado al norte de esta cabecera vienen otras por el Oeste y Noroeste de ella, de manera que si estas tres grandes porciones nos invaden puede tenerse por destruido todas las sementeras de maíces de este punto fronterizo, en que las cosechas del año anterior fueron bien escasas, al grado de no existir depósitos de granos para atender á las familias en un caso de grave necesidad como la que nos amenaza. Para el objeto de evitar en parte los funestos estragos de la langosta, el vecindario, a moción mía ha contribuido con doscientos veinte pesos para gratificar á los que se ocupen en la matanza de aquel insecto destructor”. AGEY, PE, sección jefatura política de Peto, serie gobernación, c. 368, vol. 318, exp. 77 (1883).
[5] AGEY, Archivo Notarial, libro 105, serie protocolo, foja 16 (1886).
[6] AGEY, Archivo Notarial, libro 105, serie protocolo, foja 36 (1886).
[7] “Gacetilla. Guerra de indios”. La Revista de Mérida, 14 de febrero de 1886.
[8] Encontré estas acciones de guerra del capitán don Diego Vázquez en el Boletín Oficial del Gobierno de Yucatán del año de 1849: 21 de diciembre: y del año de 1850 con fechas siguientes: 1 de enero, 2 de enero, 5 de febrero, 19 de febrero, 21 de febrero, 8 de marzo, 9 de marzo, 16 de marzo
[9]La Revista de Mérida, 3 de marzo de 1886.

jueves, 16 de octubre de 2014

Don Salim Memeri y el “biógrafo soviético” de Elías Rivero

Ciprés con cielo estrellado. Vincent Van Gogh

Don Salim Memeri, como casi todos los turcos, llegó a la Península con una mano adelante y otra atrás, tapándose sus pobrezas de exiliado de una tierra de donde son originarios los cipreses: el Monte Líbano, en Turquía asiática. Al principio, en el pueblo a los “turcos” los conocían como los “otomanos”, pero luego, fuera sirio o libanés, todos serían bautizados con la homegeinizante nacionalidad de “turcos.” Casi todos de mi generación conocieron a don Salim, a ese patriarca de noventa años de caminar pausado, devoto católico de la Virgen de la Estrella, patrona del pueblo, y vendedor de telas que bautizó a su establecimiento de lencería con el enigmático nombre de Almacenes Nadjle.
De La Habana a Progreso, Salim Memeri pisó por primera vez tierras de la Península, allá por los años de la década de 1930. Como la mayoría de los turcos que arribaron a Yucatán, Salim llegó, con su padre y su hermano, sin mujer; y al instante, entre la platicadera con la ya abultada colonia sirio libanesa asentada en Progreso y Mérida, estos recién arribados del Monte Líbano preguntaron que en dónde estaba la bonanza económica en Yucatán, y como les dijeron que en Peto el dinero de una cosa llamada “chicle” era defecado hasta por los zopilotes; Salim, su hermano y su padre empacaron como endemoniados, compraron telas, baratijas pendejas, tónicos curalotodo, machetes, lienzos de manta cruda, espejuelos, clavos y alambres, pantalones de mezclilla, píldoras de quinina y más baratijas pendejas; y en un mapa arrugado de una equívoca Península manchado con lamparones de café, el dedo cordial del padre de don Salim mostró a sus hijos un camino al pie de la Sierrita que cruzaba Muna, acariciaba Ticul, pasaba por Oxkutzcab, seguía en Tekax, lamía Tzucacab y llegaba hasta el final, donde la Sierrita era comida por una “Montaña” feraz de zapotáceas y cedrales:
-Hasta aquí caminaremos.
-Queda en el culo de Yucatán.
- Venimos de uno más alejado, esto lo hacemos en menos de una semana vendiendo de pueblo en pueblo las baratijas pendejas al triple de su precio.
Y vendiendo de pueblo en pueblo, los Memeri llegaron al Peto chiclero donde el dinero era arrancado a la selva del oriente de la Península, y defecado hasta por los zopilotes explotadores de los gringos. Aquel Peto de 1930 que presenció don Salim, “donde los chicleros reinaban,” y donde había hasta extravagantes matones de todas las selvas desde Veracruz hasta Guatemala, como Barba Roja, un chiclero de Tuxpan dueño de una barba hirsuta y bañada de arrebol, que al tomar los tragos de guaro “le rajaba la madre” a cualquier, incluyendo a él cuando perdía.

II

La siguiente anécdota puede ser cierta o un embuste fraguado por el cronista Arturo Rodríguez Sabido. Una vez, el cronista me refirió que en Maní, hace muchos ayeres, cuando su abuelo don “Maco” Sabido vivía, el cronista se topó con “un escritor soviético que indagaba sobre la vida de Elías Rivero”. La anécdota sucedió “hace como 20 años”, cuando la URSS no se había desintegrado y el muro de Berlín estaba intacto. “Un profesor Roque lo trajo” de no sabemos donde, al eslavo. 

De inmediato, el joven Rodríguez Sabido fue a ver a su abuelo, don Maco Sabido, diciéndole que querían entrevistarlo sobre la vida de Elías Rivero. Apenas oír el nombre de Rivero, don Maco se encabritó, soltó unas maldiciones con retazos de mentadas de madre y, tronitonante el tunante, dijo que no quería saber nada de la entrevista. Luego, Arturo llevó al soviético a ver a Tránsito Calderón, y Calderón “se deshizo en halagos sobre Rivero.” La pregunta que este historiador forzosamente se hace, es la siguiente: ¿de casualidad Rodríguez Sabido habrá confundido al iraní don Manuel Sarkisyanz, biógrafo de Felipe Carrillo Puerto, con un escritor del otro lado de la cortina de acero?

lunes, 13 de octubre de 2014

DE BOTAS INVASORAS Y PEDERNALES SANGUINOLENTOS: APUNTES SOBRE MESTIZOAMÉRICA



Los mestizajes de los tiempos modernos aparecen de ordinario sobre fondos turbios, en cauces e identidades rotas. Si no todos los mestizajes nacen forzosamente de una conquista, los que la expansión occidental desencadenó en América principian invariablemente en los escombros de una derrota…Serge Gruzinski.

Me causa  una enorme tristeza –por su ignorancia y su fundamentalismo oscurantista- leer los días 12 de octubre, rencorosidades no compartidas y parrafadas indigestas contra el ilustre navegante genovés, don Cristóforo Colón; así como epítetos emplumados, con el arco y la flecha desenvainados, contra los conquistadores y los frailes que acomodarían las primeras piedras, de eso que Martí adjetivó como “Nuestra América”. Para bien o para mal, América Latina, o mejor decirle, Mestizoamérica (término acuñado por el etnólogo Andrés Molina Enríquez, señalando una positividad del entrecruzamiento de "razas" y culturas), que no Amerindia, es producto directo de la “bota invasora” de Colón asentada por vez primera en la isla de los araguacos. La “bota invasora”, desde luego, hizo más, mucho más, para crear regiones universales que los pedernales sanguinolentos de los Huichilobos y las defenestraciones a los cenotes sagrados de las “doncellas mayas” no pudieron crear.

A pesar de las fiebres que a un lector de Las venas abiertas pudiera ocasionar, hay que decir que fue tanta la soledad americana que había antes del 12 de octubre, que entre los dos imperios indígenas (uno de ellos, un imperio caníbal, el azteca; y el otro, un imperio totalitario donde la vida del hombre valía mierda, el inca) no hubo ningún puente o contacto. Tal vez los viajes de los mayas a Honduras significaran encuentros de culturas, pero un encuentro, para ser significativo, tuvo que perdurar, y en lo que sería Mestizoamérica no hubo mayor cosa que escarceos fugaces perdidos entre tanto mito y mitote. Sin sombra de duda, podemos decir que Mestizoamérica vino al mundo en esos primeros contactos de las otredades indígenas y las otredades occidentales (no sólo españoles llegaron con Colón). Por eso, podemos inquirirles, a los que proclaman a voz en cuello un paraíso mesoamericano, execrando el encuentro, que si ¿acaso quieren volver a realizar un pozole con carne de tlaxcalteca; un pipián con carne, no de venado sino de cristiano; adorando supercherías de barro y viendo el futuro mediante su sastún en vez de internet y creyendo en el arux en vez de la ciencia y tirando doncellas nalgonas al cenote, en vez de “tirárselas" solamente?

Además, el genocidio americano que tachan a los “barbudos” no tuvo, como causa única, la matanza indiscriminada y la crueldad laboral: buena parte de este “genocidio” fue gracias a la virginidad bacteriológica de los indios al momento de enfrentarse con nuevas enfermedades. Sobre esta virginidad bacteriológica, apunto un trabajo de historia demográfica mío realizado en un seminario de demografía histórica:

¿Cuál fue la causa de la caída de la población indígena? ¿Fue una causa solamente? ¿Se les puede achacar a las epidemias de viruela, de sarampión, de matlazahuatl, lo que se ha considerado como el “genocidio americano”? ¿Fue la cruenta guerra de los primeros tiempos? ¿Fue el sistema colonial lo que llevó a la debacle? Sobre estas preguntas, Sánchez-Albornoz (1990) refiere que, sean los números exactos o no de la caída demográfica dados por los demógrafos históricos para las distintas partes de América, lo cierto es que la caída demográfica, “por su envergadura, no tiene parangón en la historia moderna de la población mundial”, porque si bien los europeos colonizaron otros continentes, en el americano, de terreno virgen a las plagas[1], el contacto fue tan dramático en cuanto a disminución inicial de la población autóctona, y que sólo se iguala con la colonización europea de las islas del Pacífico. En este punto señala algunos hechos de la conquista –guerras, migración forzada, rompimiento del equilibrio alimenticio como producto de la exacción, los servicios personales, el trabajo en minas, el régimen socioeconómico, la introducción de especies europeas- que contribuyeron a la merma poblacional nativa, pero estos factores no se igualan con lo que significaron las “plagas” de enfermedades traídas por los europeos. Frente al número diverso de enfermedades europeas, en contrapartida, “América no aportó mal alguno a la panoplia mundial, salvo, según creen algunos, la sífilis, y aun esto se halla en entredicho”. Elsa Malvido (1993) señala que las epidemias de Europa y África –de las cuales, las poblaciones indígenas carecían de anticuerpos- se correlacionaron con otros factores de despoblación, como las guerras de conquista, mismas que trastocaron el sistema económico antiguo, las migraciones forzadas con efectos de baja producción agrícola, los bajos niveles de vida, el debilitamiento crónico de la población, el hambre, “y, por lo menos en los principios de la conquista, el suicidio colectivo”. Dichos factores externos, señala la autora, se anexan a los factores internos como las enfermedades endémicas –anemia y las epidémicas llamadas, desde tiempos prehispánicos, cocoliztli. Pérez Moreda, hablando de los factores de la crisis de mortalidad en las sociedades agrarias del pasado –y ciertamente, las sociedades indígenas eran y siguen siendo en gran medida, sociedades agrarias-, señala ciertos determinantes clasificados en determinantes biológicos- refiere ciertos determinantes biológicos –enfermedades- y determinantes sociales de la muerte –guerras, accidentes. El primero se relaciona con el nivel deficitario de consumo alimenticio (estructura económica), así con el factor higiénico y de tecnología médica. Sin embargo, Pérez Moreda advierte que debemos eliminar esta división tan tajante al examinar el carácter predominante de cada uno de los factores: los factores tanto biológicos están correlacionados con los socioeconómicos; las deficiencias alimentarias, a su vez, pueden tener una causación socioeconómica[2]. Siguiendo este mismo análisis multivariante de la etiología del descalabro poblacional en el XV y XVI, Cook y Borah (1971) apuntan algunos factores que causaron el descenso poblacional. Frente a la disyuntiva señalada por la “Leyenda negra” y la “leyenda rosa”, los autores indican que “lo que realmente se necesita son estudios basados en los datos”, en la prueba empírica incontrastable para tener un horizonte de la magnitud del impacto que causaron los distintos factores. Además de la introducción de las enfermedades hasta entonces desconocidas en las Américas, habría que considerar los estragos de la conquista y la explotación de la población originaria, así como la implantación de nuevas formas culturales y de sistemas socioeconómicos. Otros factores a considerar en la merma demográfica pueden ser la reorganización de la producción, las políticas de congregación, la movilización de la población[3].
Por último, refiramos que el análisis multivariante de la caída demográfica no es nuevo propiamente, y podríamos establecer su origen, como señalamos en el principio de este ensayo, con Fray Toribio Benavente, mejor conocido como Motolinía, uno de los 12 franciscanos que llegaron en 1524 después de la caída de la capital de los mexicas para emprender la evangelización de México. Aunque Motolinía inicia su relación de las plagas con una sentencia muy al estilo teológico del “castigo divino” que se destilaba en el pensamiento cristiano de la época[4] -“Hirió Dios y castigó esta tierra, y a los que en ella se hallaron, así naturales y extranjeros, con diez plagas” (Motolinía, 2003: 69)- sus diez plagas desbordan la estrecha interpretación teológica del XVI. Motolinía indica diez plagas que fueron factores del despoblamiento: a) La viruela y el sarampión; b) la segunda plaga fue la guerra, “los muchos que murieron en la conquista de Nueva España”; c) la tercera plaga fue la desestructuración económica produciendo “una gran hambre luego como fue tomada la ciudad”; d) la cuarta plaga “fue de los calpixques, o estancieros, y negros, que luego que la tierra se repartió, los conquistadores pusieron en sus repartimientos y pueblos a ellos encomendados”; e) la quinta fue “los grandes tributos y servicios que los indios hacían”; f) la sexta fue “las minas del oro”; g) la séptima “fue la edificación de la gran ciudad de México, en la cual los primeros años andaban más gente que en la edificación del templo de Jerusalén”; h) la octavo fue “los esclavos, que hicieron para echar en las minas. Fue tanta la prisa que en algunos años dieron a hacer esclavos, que de todas partes entraban en México tan grandes manadas como de ovejas, para echarles el hierro”; i) la novena fue el servicio a minas, “a las cuales iban de sesenta leguas y más a llevar mantenimientos los indios cargados”; j) y la décima plaga, “fue las divisiones y bandos que hubo entre los españoles que estaban en México”  (Motolinía, 2003: 69-76). Livi Bacci, autor moderno, señala la modernidad del fraile franciscano en la interpretación de la caída demográfica utilizando un análisis multivariante[5] siguiendo la jerga, por supuesto, de su época fuertemente cristiana, lo que nos posibilita señalar, a modo de conclusión, que no podemos desligar del estudio de los procesos históricos, de los diversos factores para la comprensión de los hechos. La caída demográficas no fueron sólo epidemias.[6]

Resumiendo, podemos decir que el 12 de octubre fue un momento, desde luego significativo para la humanidad entera: no podemos desdeñar eso, de que fue una maravilla para el ojo occidental esa experiencia única de la “otredad” (aunque con particularidades, hay que reconocer que Mestizoamérica es parte de la cultura occidental, un “Occidente excéntrico,” diría Octavio Paz). 

El 12 de octubre no fue "descubrimiento" sino encuentro, o como dijera el siempre recordado don Guillermo Bonfil Batalla, un "encontronazo”, sí, pero un encontronazo creador que todavía se resienten sus secuelas -moretones, chichones, empellones, hinchazones- , pero la gesta creadora es lo que salva toda barbarie (la barbarie se dio en ambas bandas), pues el castellano universal de Borges, los versos de Sor Juana Inés de la Cruz, el pensamiento poderoso de Octavio Paz, las exquisitas crónicas de los primeros etnógrafos de las indias occidentales, las visiones de Anahuac, la Relación de las Cosas de Yucatán, el mestizaje cultural de los Chilam balames (por no hablar del nuevo tipo de belleza mexicana), las iglesias coloniales y su barroco, la cochinita pibil, el acento yucateco y otras cosas como los mexicanismos o los yucatequismos, fue producto directo de ese encontronazo creador. 

Mestizos yucatecos

Además, desde luego que fue mucho mejor el reino de Nueva España, que el imperio genocida de los mexicas hambrientos de corazones para su dios Huichilobos; y desde luego que "los pueblos originarios" sufrieron mucho, yo diría que hasta mucho peor, con los cacicazgos bárbaros, como los Xiu o Cocom en la península, que con el sistema colonial implantado. Si analizamos bien el concepto de “genocidio” con el que se intenta minusvalorar la gesta de los “castilanes” a tierras del Nuevo Mundo, desde luego que las guerras floridas -quitándole esencialismos infantiles de religiosidades que no se entienden- y las matanzas inter-tribales fueron genocidas en toda la extensión de la palabra. 

Tal vez, y esta es una hipótesis que traigo desde mucho tiempo antes, las culturas originarias llegaron a un callejón sin salida en su proceso cultural, si a términos tecnológicos se refiere....Determinista o no, 1492, estoy seguro, se hubiera realizado antes o después. Evolucionista o no, desde luego que podemos decir, que hay que ponernos en los zapatos (o las botas, si se quiere seguir con la metáfora) de los que pisaron por vez primera y fueron partícipes de una radical otredad. Eso, eso no cualquiera, ni menos cualquier indianista rencoroso de albarrada yucateca.

Notas


[1] En este sentido, véase Melville (1999), que hace un análisis del suelo virgen, además de las plagas de ovejas que modificaron el equilibrio  ecológico en las sociedades indias.

[2] En su estudio sobre el matlazahuatl, Molina (2001) utiliza la interpretación de Pérez Moreda, en el sentido de que las crisis de mortalidad  y su contexto social determinan el abandono simultáneo de las actividades laborales con el resultado inmediato de la caída de la producción. Motolinía, en la tercera plaga, habla de “un gran hambre” después de que fue tomada Tenochtitlán, “que como no pudieron sembrar con las grandes guerras, unos defendiendo la tierra ayudando a los mexicanos, otros siendo a favor de los españoles,  y los que sembraban unos los otros los talaban y destruían, no tuvieron qué comer” (Motolinía, 2003: 72).

[3] En otro texto, Cook (1996: 11-16) apuntaba los factores que contribuyeron al descalabro: 1.-El contacto físico. 2.- La enfermedad. 3.- La desestructuración alimentaria producida por la introducción de nuevos animales y plantas. 4.- El sexo, que trae la mezcla de “razas”.5.- El cambio social, económico, político, ético y religioso.

[4] Sobre esta interpretación –y legitimación- de la conquista como “castigo divino” que Dios hiciera a los indios por sus idolatrías y canibalismo, Villoro, en el análisis del discurso sahaguniano, refiere: “La conquista se presenta como el punto central que nos dará la clave de todo acaecer en el nuevo continente; indica ésta el nacimiento de América a una nueva vida; señala el instante del vuelco más significativo en su destino, la conversión. Después de ella la historia americana tendrá que ser radicalmente la contraria de la anterior. La vida de América anterior a la conquista que, según hemos visto, sólo había presentado un carácter negativo (era muerte, que no vida) tomará, en su conversión final, un significado que la justifique […]: expiación del pecado y gracia. Significaba, ante todo, el castigo de las abominaciones cometidas; la idolatría, nos dice Sahagún,  “fue la causa que todos vuestros antepasados tuvieron grandes trabajos, de continuas guerras, hambres y mortandades, y al fin envió Dios contra ellos a sus siervos los cristianos, que los destruyeron a ellos y a todos sus dioses”. La conquista, instrumento de Dios y vehículo de la conversión, es castigo del indio por su pecado; la purificación total de su culpa sólo se alcanza en la destrucción de su civilización y en la muerte de sus dioses (Villoro, 1987: 46)

[5] Indica Livi Bacci (2006: 42) que, en suma, la obra de Motolinía, con su descripción de las diez plagas, es “un catálogo de los factores de la destrucción de los indios, que resume las razones del desastre utilizando categorías que, a siglos de distancia, se han vuelto útiles”.

[6] Gilberto Avilez Tax, 2011,  “La dinámica poblacional indígena en México frente al contacto indoeuropeo y el dominio colonial”, manuscrito sin publicar. 

miércoles, 8 de octubre de 2014

El gran amansador de cocodrilos de Chetumal




Revisando los periódicos virtuales de la Península, esta mañana me topé con una “noticia curiosa” que me hizo tomar el café de un solo trago y salir afuera para darle una larga calada a un cigarrillo que recuerdo que traía en la bolsa de mi chamarra. Y recordé el aforismo o la sentencia del polígrafo yucateco, Roldán Peniche Barrera, que tal vez me describe a la perfección: “El yucateco –insaciable lector de periódicos y revistas- ha mostrado siempre un particular interés por las noticias insólitas."

En efecto, no miento si digo que soy un insaciable lector de periódicos, revistas y libros; y que siempre he mostrado una enfermiza atracción por las noticias insólitas, raras, peregrinas, increíbles, enigmáticas, sutiles, terroríficas, de brujas, duendes, hechizos y espantos. En mi afán por construir una historia totalitaria, no he obviado las notas curiosas, y hoy, por lo visto, mi vocación de lector de noticias insólitas me hizo incurrir en el delito de comentar una de ellas. Una nota de prensa aparecida en un diario de Quintana Roo, decía que un “joven pescador” había capturado un cocodrilo, y que al llegar la policía en su auxilio, este joven, que no refieren su nombre para felicitarlo aquí por tan loca hazaña, ya tenía inmovilizado “y amansado al gran y feroz lagarto.” Como he dicho, esta noticia me puso efusivo y aplaudí al instante, pues para mi, los lagartos del Hondo se han vuelto un asunto literario que pide toda la atención posible.

La nota traía también una fotografía del joven de 15 años con el lagarto de más de 2 metros de largo maniatado de sus terribles y jurásicas fauces. Después de leer esta nota, me aventuré a recordar el espíritu de algunos especímenes chetumaleños que he conocido. Mientras hay una clase de chetumaleños apocados, existe otra, de origen yucateco, que son resueltos hasta el espanto. Tal es el caso de este quinceañero. Steve Irwin es una niña de 3 años frente a este "joven" pescador chetumaleño, que con un cordel solamente, amansó a tremendo animal.

Pero la pregunta es, ¿por qué se metieron con este animal que vive en su medio natural (la bahía y el Hondo)? Tal vez tanto este Steve Irwin del trópico húmedo, como los wiros de la policía chetumaleña, que posteriormente llevaron a Semarnat al lagarto, contravinieron varias normativas de protección a la fauna. Por lo demás, la forma como explica su temerario proceder "el muchacho" (la nota de prensa, seguramente fue escrita por un Alex Dorado Dzul cualquiera con ínfulas de periodista escritor), es digna de contarse en una historia con todo el estilo garciamarqueño, porque Chetumal en más de un sentido resulta garciamarqueña.

El jovenzuelo, que tal vez gusta de ver el Discovery (arguyo que Steve Irwin es su héroe) pescaba quitado de la pena,  la mañana del domingo pasado, en playas roqueñas de la mítica colonia del Barrio Bravo, a unos metros del "Salón Bellavista,” reconocido lugar de recreación a donde asisten los chetumaleños y chetumaleñas hermosas, así como la clase política local – “la aristocracia de la hamaca”- cuando quiere darse sus baños de pueblo y convivir con la wirada. 

Con solamente una caña "modificada,” cordel de albañil, anzuelos y un bote de carnada, seguramente el joven veía el horizonte apacible de esa distante bahía bañada de azul, verde y ópalo cuando, de repente, las aguas calmosas que bañan a Chetumal vomitaron a un “saurio” perezoso que iba directo a donde él y sus compañeros se encontraban, con toda la pinta de que ese lagarto había salido de un set de Parque Jurásico. “En tierra el lagarto -pensó el joven, un consumado naturalista salido tal vez de unas clases podridas de biología de la UQROO- deja su estado inmortal y baja a la condición de pinche lagartija moribunda.” Ya con esa idea lunática clavada en su mente afiebrada, el chamaco barriobravero contó su locura, como sólo un chetumaleño de sepa lo puede contar, con retazos de un instintivo García Márquez:

“Al verlo tan cerca me espanté, pero no intenté correr, le tiré la camisa en la cabeza, me intentó dar coletazos, me abrió el hocico, pero logré sujetarlo con fuerza, ya que el animal buscaba regresar al agua donde son inmortales. Estuvimos luchando hasta que se cansó..."

Desde luego, uno no tiene sino asombro para el chetumaleño; porque tal vez en la acción enfermiza de este quinceañero barriobravero, podemos contemplar, encapsulada, a toda una tradición de hombres feraces, selváticos, casi salvajes, que inundaron el Territorio cuando la selva lo era todo y, según Beteta, los lagartos llovían en las tardes de estío y la mosca chiclera y el colmoyote escarbaban la carne viva de los “gambusinos de la selva” y las fiebres palúdicas y las nauyacas y el rugido del jaguar y el machete de los indios indómitos, habrían de modelar a una estirpe de hombres y mujeres hechos con la arcilla de la soledad, que construirían la última ciudad de todas, Payo Obispo, y dormirían frente a una bahía con olor a maderos pudriéndose y a lagartos que eran vomitados por el Hondo y comidos en caldo por aquella raza de yucatecos que sabían más palabras en inglés que en español…los viejos payoobispenses.



sábado, 27 de septiembre de 2014

"YO QUISIERA QUE HOY DESAPARECIERA ESA RAZA MALDITA Y JAMÁS VOLVIESE A APARECER ENTRE NOSOTROS": HOMENAJE DE LA CULTURA OFICIAL YUCATECA A UN MALDECIDOR DE LOS MAYAS



Se puede exculpar al gobierno municipal de Yaxcabá, presidido por la panista Melba Gamboa Ávila, de ser responsable del homenaje que se le hizo al inefable y racista doctor Sierra O'Reilly, el lunes 22 de septiembre pasado.[1] Y es que Sierra, el leproso, no fue modelo de superación para ningún chiquito de Yaxcabá o de Tixcacaltuyub: era blanco, hijo de cura (de un cura que ya mero lo linchan los indios de su parroquia, el ramplón y chicanero cura, José María Domínguez, abarraganado con María Sierra O´Reilly, madre de Justo) y esas dos cosas, para el Yucatán decimonónico, era todo el capital social y cultural que un chiquito yucateco necesitaba para ser alguien, o mínimo, para poder andar a caballo y que le digan “Don” y aborrecer a la indiada.

Pero Sierra tenía, además, genialidad, eso se sabe, pues para ser un Plutarco cabezón, un patriarca barrigón, un padre cabrón y un rey déspota de la literatura yucateca del siglo XIX, el talento y la genialidad hacían falta. La genialidad de un gran escritor, aunado a una voluntad y una ambición desmedida, lo llevó a emparentarse con la cabeza principal de una de las dos banderías políticas de ese entonces: Santiago Méndez. Pero seamos realistas: Si el doctor Sierra O’Reilly hubiera sido maya, e hijo de hambriento milpero de Tixcacaltuyub, no habría doctor Sierra O’Reilly, ni habría Los indios de Yucatán, ni menos sus aburridas novelas folletinescas, etc, o el primer Código Civil mexicano salido de su mollera.

En ese tenor, los indios de Tixcacaltuyub no tienen nada que festejar, u homenajear, a un hombre que no recordó nada de ese pueblo del centro de Yucatán. El doctor Sierra no es, ni puede ser, un ejemplo para los niños maya hablantes, milperos casi todos, de Tixcacaltuyub; no puede ser un ejemplo “de superación y de esfuerzo personal,”, al salir “de ésta pequeña comunidad y luchó por conseguir una preparación, en su tiempo, algo difícil por los momentos históricos, cruciales que estaban viviendo Yucatán y México.” Estas son las palabras vacías de contenido histórico, de la presidente municipal de Yaxcabá (Tixcacaltuyub es comisaría de Yaxcabá). Como sabemos, Sierra O’Reilly salió de Tixcacaltuyub a la temprana edad de 3 años. Uno de sus biógrafos no tan reciente, el licenciado Ferrel de Mendiolea, en un trabajo aparecido en el tomo VII de la Enciclopedia Yucatanense, era claro al respecto: “poco ha de haber sido la influencia que de su pueblo natal debió recibir, puesto que con la ayuda del cura Pbro. Don Antonio Fajardo Montilla”, el niño Sierra O’Reilly, de 3 años, dejaría para siempre Tixcacaltuyub, y nunca más volvería. Sierra no tendría ningún recuerdo vivo de ese pueblo, un pueblo más en la geografía literaria del doctor Sierra.[2]

Pero si no me sorprende la ignorancia descomunal del ayuntamiento de Yaxcabá como para homenajear al doctor Sierra, tampoco me sorprende que la Facultad de Antropología de la UADY, y menos la priísta Sede-inculta, con sus poetas gordos como fue el gordo Sierra, etc., y mucho menos me sorprende que el cacaseno que regentea el AGEY, hagan este tipo de homenajes a un hombre que llegó a tener el predominio de las letras en la primera mitad del siglo XIX yucateco, pero que construyó un modelo, o idea de nacionalidad yucateca, donde no habría cabida para el indio maya, donde a pesar de su vena literaria y sus retratos de la "bondad" del indio (claro, esto de la bondad fue antes de 1847 para el doctor Sierra), Sierra O'Reilly creyó, y creó, una idea no integradora de los otros segmentos del Yucatán decimonónico. Su Museo y su Registro, acotemos aquí, era un museo y un registro de las hazañas de los de “Castilla” y sus descendientes en Yucatán, y una evocación romantizada e idealizada del indio, sí, pero no de los indios yucatecos actuales, repletos de supercherías, de creencias irracionales y otras fantasmagorías de su imaginación afiebrada, que Sierra y su grupo esculcaron como perfectos entomólogos asqueados.


Antes de que los mayas del sur y del oriente se alzaran contra el racismo blanco, Sierra O'Reilly ya había negado una relación directa entre los mayas actuales de su tiempo, con los constructores de las antiguas ciudades de piedra: eso era una charada, una imbecilidad de Stephens, que míster Sierra O’Reilly combatió (ver mi artículo sobre el negacionismo de Sierra aquí). Y cuando se dio la Gran Rebelión de 1847, y casi toda la Península ardió en llamas debido a los ejércitos mayas que crecían como mangas de langosta, el pundonoroso Sierra se fue a malbaratar a Estados Unidos la independencia del Yucatán de los blancos. Antes que abdicar a manos de los esclavos de las fincas y los pueblos libres que se habían levantado en armas, antes que perecer o ser expulsados de Yucatán por esa “raza degenerada y bárbara,” los blancos de Yucatán, que no querían ser el segundo oprobio de la colonialidad (el primer oprobio inició en 1791 con el cónclave de Bois-Cayman, dando inicio con esto el proceso de independencia de los negros de  Haití), preferían abandonarse mil veces y otras mil más, en manos del Imperialismo; ser colonia yanqui o volver al seno de su “madre”, o padre qué más da, patria española, que pasar la vergüenza de ser colonia interna de sus indios. Fue tanto el odio que llegó a tener este “patricio” nacido por accidente en Tixcacaltuyb, contra los mayas rebeldes (y no sólo rebeldes); este odio azufroso del obeso doctor Sierra O’Reilly al cual la cultura oficial yucateca homenajea este 2014 en los marcos de un dizque Festival Maya Internacional, que todavía a muchos, como a mí, causa estupor recordar su abominable maldición a la raza indómita de los Xiu y Cocom:

[…] yo siempre he tenido lástima a los pobres indios, me he dolido de su condición y más de una vez he hecho esfuerzos por mejorarla, porque se les aliviase de unas cargas que a mí me parecían muy onerosas. Pero ¡los salvajes! Brutos infames que se están cebando en sangre, en incendios y destrucción. Yo quisiera hoy que desapareciera esa raza maldita y jamás volviese a aparecer entre nosotros. Lo que hemos hecho para civilizarla se ha convertido en nuestro propio daño y es ciertamente muy sensible y muy cruel tener que arrepentirse hoy de acciones que nos han parecido buenas. ¡Bárbaros! Yo los maldigo hoy por su ferocidad salvaje, por su odio fanático y por su innoble afán de exterminio.[3]

 Pero esta frase, arguyo, no conoce el gobierno municipal de Yaxcabá, y a la “inteligencia” oficial yucateca se le hace muy poca cosa la maldición sierrao’reillyana, a pesar de que existan libros serios y sesudos, como el de Arturo Taracena,[4] que habla de la construcción del regionalismo –o digo yo, nacioalismo- yucateco, representado icónicamente por el Museo Yucateco y el Registro Yucateco (dos periódicos culturales de Sierra O’Reilly), excluidores, no necesito decirlo, de los indios de Yucatán.



[1] “Yaxcabá se suma a las actividades por el bicentenario del nacimiento de Justo Sierra O’Reilly.” Diario de Yucatán, 27 de agosto de 2014.
[2] Véase el texto de Mendiolea, llamado “Justo Sierra O’Reilly. (Literato, Jurista, Político, Historiador). 1814-1861, en Enciclopedia Yucatanense, Tomo VII.
[3] Sierra O’Reilly, en Gilberto Avilez Tax, Radiografiando la autonomía de los herederos de la Cruz Parlante: de la autonomía cruzoob a los derechos indigenistas”, tesis de maestría en ciencias sociales, UQROO, p. 214.
[4] Cfr. Arturo Taracena, De la nostalgia por la memoria a la memoria nostálgica: el periodismo literario en la construcción del regionalismo yucateco, México, UNAM, 2010. 

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