jueves, 17 de abril de 2014

LA HISTORIA DE YUCATÁN VISTA DESDE TIERRAS DE MACONDO

A la memoria del fabulador de Aracataca
Una vez dije que todos los que hemos nacido en tierras tórridas, los de los trópicos, somos hijos del fabulador de Aracataca. Si en una parte de un trabajo de tesis que hago, nombro a la etapa del chicle que recorrieron los pueblos del sur de Yucatán (1900-1950) como "la hojarasca chiclera", es porque considero que existen muchas imágenes que antes había leído en las obras de García Márquez: la fiebre del chicle era similar a la fiebre del banano, porque en el pueblo la hojarasca chiclera “En menos de un año arrojó sobre el pueblo los escombros de numerosas catástrofes anteriores a ella misma, esparció en las calles su confusa carga de desperdicios” como las mujeres solas, las máquinas voladoras de un tal Francisco Sarabia, la máquina de hacer hielo y refrescar al necesitado y “hasta los desperdicios del amor triste de las ciudades” llegó al pueblo con la hojarasca chiclera. Los turcos se asentarían en el pueblo persiguiendo a los soldados pacificadores de Bravo para venderles a precio de guerra sus buhonerías, y años después llevarían sus mulas en busca de sus marquetas de chicle. La peste del olvido que alguna vez llegaron a tener los macondianos, era similar al paludismo -sus temblores recurrentes hacían olvidar que alguna vez se tuvo salud- que siempre haría estragos a los pueblerinos sureños.
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En las novelas de García Márquez, los gitanos volaban con sus esteras por las calles de Macondo. En mi pueblo, los gitanos llegaron hasta finales de 1980, siempre pidiéndoles las manos a los hombres, las gitanas de tetas poderosas para que pudieran leer en ellas con sus miradas de Casandra, o para que untaran de caricias vaporosas, sus ubres capaces de amamantar hasta a un regimiento completo. En la novela suprema de Macondo, hay un galeote del siglo XVII comido por la selva, y en las imágenes que tendríamos de los pueblos del sur de Yucatán abandonados por esa larga e interminable guerra de mil días sobre mil días de días apilados que fue la Guerra de Castas, los pueblos que llegarían al siglo XX (Ichmul, Sacalaca, Tihosuco) eran pueblos comidos por la selva donde crecían en las paredes de los templos donde antes estuvieron los santos de la cristiandad, sólo los aluxes de los idólatras y las serpientes de ramones y guayacanes enredadas en el tiempo del ruido de cuando se guerreaba.
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Y en cuanto a la historia de Yucatán propiamente, toda ella podría decirse que se lee en clave macondiana: Macondiana resulta desde que Gonzalo Guerrero peleó al lado de los mayas de Chactemal por una patria adoptada y en contra de sus congéneres barbudos; hasta los hombres de empresa como Rodulfo G. Cantón –el que llevó el ferrocarril de la “pacificación” a los eriales polvosos del norte de Peto-, quien como el afiebrado José Arcadio Buendía que buscaba los arcanos con sus astrolabios y brújulas traídas por el gitano Melquiades, vendió su alma y su hacienda para salir de Mérida con una idea fija: haría restallar los pueblos de la Sierra con los pitidos humosos de esa “máquina del progreso” que corría en líneas de acero. Brazos esclavos le ayudaron en la obra.
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En Yucatán, como en la historia universal de Macondo, había una guerra que duró 54 años, lapso de tiempo en el que cabrían más de mil guerras de mil días. Caudillos cuyo único motivo era hacer la guerra a Mérida, habían llegado en el otoño de su vida al poder con la única consigna de terminar esa "guerra de mil días". Casi niño, Francisco Cantón, señalado por Joseph y Wells como una especie de Aureliano Buendía de la Península, se batió en los muros de Valladolid para defender su ciudad de las amenazas del “bárbaro”, y ya en el poder, endrogaría las arcas de Yucatán para mandar a sus guardias nacionales –tomados por la leva en los pueblos- para secundar a otro general, Ignacio Bravo, también en el otoño de su vida.
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La historia yucateca, repito, se podría leer en clave macondiana, y no me cabe la menor duda de que un futuro reinterpretador del socialismo en Yucatán, que fue arriado por el Dragón Rojo con ojos de jade, Carrillo Puerto, no le caería nada mal zambullirse en la narrativa del fabulador de Aracataca.

miércoles, 16 de abril de 2014

LE ROBARON A SU DIOSA A LA QUE LE CAMBIARON DE SEXO

Tuvieron que venir batallones de soldados para contener los ánimos caldeados de los coatlichaneses, y es que este pueblo del centro de México, cercano a la la gran Tenochtitlan, no quería que se llevaran a su diosa, a la piedra de los Tecomates. El Estado mexicano, el etnocida y etnofágico e indigenista Estado mexicano, al final le importó madres que niños, mujeres, hombres y viejos se subieran hasta en el tráiler, que hicieran vallas humanas para detener el despojo que se les hacía llevándose a su madre, a su abuela y esposa, porque todo eso era la diosa Chalchiuhtlicue. Un nuevo tlatoani institucional, de apellido López Mateos, viendo la resistencia, el alboroto y hasta brotes de violencia, mandó a sus esbirros uniformados a ocupar el pueblo, a ocuparlo. Y la piedra de 160 toneladas, la diosa Chalchiutlicue fue arrancada de sus hijos, la vieja historia de la llorona desde tiempos de la conquista se recreó de nuevo.
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Hace 50 años pasó esto que cuento. Hace 50 años que el Estado mexicano hizo un culturicidio con el pueblo de San Miguel Coatlinchán: le robaron a su diosa Chalchiuhtlicue (los graniceros la extrañan), y para colmo de males, el machismo de antropólogos y otras basuras oficiales, le decidieron cambiarle de sexo a la diosa, ponerle verga y llamarla Tlaloc. Si uno se fija bien cuando llega al Museo de Antropología (donde sólo lo mexica, al parecer, es importante), comprobará que ese Tlaloc tiene falda, tiene tetas, es mujer y no hombre.
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Los graniceros de esa región de San Miguel Coatlinchán, que todavía hablan con los vientos y las nubes gordas de agua, ven hacia la ciudad de México, hacia la gran Tenochtitlan, y pronostican: toda la furia de la diosa algún día caerá sobre esos perros. Ayer, me dicen, pedazos de hielo de hasta un kilo caían sobre los hombres y mujeres de esa ciudad de albañal, de esa ciudad enferma. Los graniceros no mienten, algún día la ciudad de México morirá bajo el agua. Muerte por agua, y ningún Noé tendrá para librarla.

martes, 15 de abril de 2014

LA MISA NEGRA DE EL PADRE CLARENCIO

Maestro Felipe Escalante Tió, ayer, por si no recuerda, me topé con usted donde siempre coinciden los amantes (o amasios, también es valedera esa palabra) de Clío: en un archivo. Estaba usted en la Carlos R. Menéndez cuando recién, minutos antes, había yo comprado en la librería de Sedeculta, que queda a una esquina de la Carlos R., su opera prima llamada –un título feliz siempre da envidia- La misa negra de El Padre Clarencio. Me decía que bien valía la pena desembolsar 150 pesitos por este libro que, estaba seguro, saldría, después de su lectura, con una visión enriquecedora del Porfiriato en Yucatán. No lo compré porque conozco a su autor –una autoridad de la prensa yucateca durante el porfiriato-, sino que lo compré, arriado en mi voluntad, por los recuerdos de aquel artículo suyo que había aparecido en el libro de 2002 que usted fue uno de sus coordinadores: Los Aguafiestas, desafíos a la hegemonía de la élite yucateca. Comprado a un payoobispense de 90 años, en Los aguafiestas... había un artículo que me llamó mucho la atención porque “tenía monitos”. Esa frase fue la que me dijo don Marcelo Cambranis, un payobispense al cual le interesaba mucho la historia, y me recomendó insistentemente que leyera “la que tiene monitos”. Fue así como leí su trabajo “Las pulgas y el maquinista: la prensa satírica yucateca. 1872-1908”. No puedo negar que soy un lector hedonista, que si no me gusta lo que leo, paso a otro libro más interesante, pero ese trabajo suyo de hace años me llamó mucho la atención, y decidí ver si había en las bibliotecas de Chetumal algo más de este historiador llamado Felipe Escalante Tió: el desierto y la telaraña solamente. Este fue mi primer acercamiento con el trabajo del maestro Escalante Tió.
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Me acuerdo la primera vez que lo conocí, cuando nos presentamos los miembros de la primera generación de doctorado en Historia del CIESAS Peninsular (2010-2014). Ahí estaba el maestro Escalante Tió: cuando dijo su nombre, libresco como era, rápidamente se me vino a la mente “Las pulgas y el maquinista”, y decidí acercarme para decirle que gracias por haber escrito ese artículo que “tenía monitos” (Cambranis dixit). Desde entonces, le guardo respeto, y en varios momentos coincidí con el maestro Escalante en los archivos meridanos. Neófito como era, no voy a negar que le pedí consejos de cómo moverme entre las moles de periódicos por el cual el maestro Escalante recorría con rapidez de nadador olímpico. En Guadalajara, en un Segundo Encuentro de Historiadores del CIESAS (septiembre, 2013), algunos compañeros del doctorado fuimos a exponer avances de nuestros trabajos, y en la mesa que coordinaba la doctora Laura Machuca, compartí espacio con el maestro Escalante, que revisitaba, en dos tiempos, “la primera chispa de la Revolución en Yucatán”.
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En la FILEY pasada, la opera prima del maestro, La misa negra de El padre Clarencio, fue presentada por dos escritores yucatecos: el poeta Jorge Cortés Ancona, quien alabó la facilidad expositiva del maestro Escalante Tió, y el también poeta Jorge Álvarez Rendón. Éste último habló de la “rigurosidad académica” de La misa negra, entre otras cosas. Es una lástima que, por cosas ajenas a mi voluntad, no pude estar presente ante un hecho significativo para la nueva historiografía yucateca (creo que la nueva historiografía yucateca se está creando apenas, trabajos como Los hacendados de Yucatán, de Laura Machuca, o La misa negra, son ejemplos de ello).
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Sin embargo, ayer, como decía, me conseguí La misa negra de El Padre Clarencio, y coincidí en la Carlos R… con su autor. Inmediatamente le dije: “maestro, rubríquelo”. La dedicación me pareció una manera más de cómo un espíritu festivo como el de El Padre Clarencio, se presenta de vez en vez en su médium Escalante Tió: “Para el apreciado y vitriólico Gilberto, querido compañero de aventuras en la historia”.
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Esperando ayer a una luna roja que llegó tarde a la cita, me dio insomnio de tanto esperarla maestro Escalante, y decidí acabar la madrugada con la lectura de tu bello libro La misa negra de El Padre Clarencio. Bello, no solamente por su excelente factura, su papel de calidad, su portada que atrae a uno desde que se le ve al jefe del clan real Moliwopposki (Olegario Molina) con el terno de mestiza perseguido por un gorro frigio que parece un gnomo, así como las varias impresiones y caricaturas satíricas que insertas como documento histórico (alejado de la simple "plástica" que señalas) de ese periódico yucateco que no le pide nada a El hijo del Ahuizote ni a los grabados de Posadas, pero que fue magonista desde los primeros momentos y que su creador, un jovencísimo periodista (dices que Escoffié tenía 19 años cuando empezó su faena contra el poder podrido de la oligarquía de los reyezuelos del henequén, sobre todo la de Molina y sus achichincles y chalanes), Carlos Escoffié Zetina, que visito 58 veces la Penitenciaría Juárez y otros calabozos de mejor fama, a lo largo de su vida de tábano de la tranquilidad yucateca; que dio cabida en su periódico, a tratar del esclavismo en Yucatán cuando ningún periódico o intelectual yucateco (los Inecitos Novelo y los bufos Pérez Alcalá, hasta el ominoso Carlos R. Menéndez, no trataron el tema porque ellos eran parte del tema de la esclavitud en Yucatán) tenía ni la idea ni los cojones necesarios para hacerlo.
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Bello no solamente por eso, Felipe, sino porque en 236 páginas, escritas con prosa elegante y enganchadora (la claridad y la transparencia no se destila en estos andurriales de historiadores yucatecos con la mala fama de prosistas estreñidos), nos demuestras que la caricatura cuenta, y como la fotografía, es un documento importante que los historiadores no deben desdeñar, so pena de ser como los pelagatos del gato mayor (Audomaro Molina) que fueron en su momento los Inecitos Novelo y los Menéndez de la Peña, et al…

lunes, 14 de abril de 2014

CALDILLO DE CALZÓN (CUENTO BREVE)

Y me dijo, convencido:
"Le dieron caldo de mondongo mezclado con el caldillo de calzón (rajita de canela como aderezo principal) de su amor, y murió feliz como un perro enamorado de su perra".
Yo, respondí también convencido:
Es el riesgo, todos, en algún momento, pueden probar ese potente brebaje lobotomizante.

domingo, 13 de abril de 2014

ERÉNDIRA, ¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO?

Como en una canción de un grupo de subrock que no me acuerdo su nombre, me decía que él siempre había deseado seguir los pasos de Jesús y por eso, en un tiempo de hace milenios, lo crucificaron a las 2 de la tarde de un abril rompe piedras en una aldea palustre bajando el Hondo.
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Yo lo vi, días antes habíamos ido a pescar en el muelle de Chetumal unos pececitos puro hueso, y acabamos en un tiñoso local de la colonia Payo Obispo donde vendían la cerveza más caliente que haya pasado por mí esófago. Decía que quería personificar la última cena en medio de aquellos parroquianos de miradas apagadas aunque parlanchines, brindando por las mulatas que veía con furia y que yo veía también pero distante, y otras chingaderas que ya no me acuerdo.
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Al día siguiente tomaría su camión para dirigirse a su pueblo. Ahí, en aquella aldea perdida del Hondo, el Jesús del trópico con acento indiscutiblemente chetumaleño, volvería a morir por nosotros y, me decía, especialmente por los pecadillos que había cometido, “con su servilleta”, aquella mulata de Margot que nos servía el ceviche menos ceviche del mundo, porque tenía 3 camarones rodeados de un kilo de habanero. Empinándose para limpiar la mesa de las babas de otros parroquianos, Margot dejaba que el aire caliente que cruzaba el cuchitril, le diera de nalgadas en sus morenas redondeces.
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No supe más qué pasó esa noche entre Jesús y la mulata Margot, tal vez reventaron varias hamacas, no lo sé, la cuaresma me tenía jodiendo con sus pescados y sus carnes blandas, y decidí regresar a mí cueva de ex estudiante de derecho. Al día siguiente, en la sala de redacción del diario pinche donde pasaba 8 horas abyectas componiendo notas y descifrando lo que me querían decir los reporteros disléxicos, arrellenado en mi silla tratando de sacar algo en limpio de la nota del mamón del Alex Dorado Dzul (Dorado Dzul era el corresponsal infame del periódico en Botes, pueblo perdido del Hondo), di con una cosa que, sin duda, supuse que se trataba de la mal sana influencia de García Márquez en la prosa aldeana y putrefacta de Dorado Dzul.
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Decía la nota de Dorado Dzul, que "a las 2 de la tarde del día de ayer, durante la personificación de la pasión de Cristo en una aldeíta cercana a Botes", el joven encargado de hacer del hijo de Dios, se entercó para que los romanos morenos que lo acompañaban, lo clavaran de verdad con unos clavos de “así de grandes” (frase idiota de Dorado Dzul) que traía en su mochila, y que el lugar del Gólgota de mentiras fuera, “no en el centro del pueblo como siempre ocurre”, sino a dos metros de la ribera del Hondo y mirando, “no en tierras mexicanas”, sino en “tierras de Belice”. Se hizo lo que aquel Cristo tirano había dicho a los pobres romanos, y el Cristo “aguantó como macho de pelo en pecho”, a que los ardientes clavos barrenaran las líneas de sus manos. Una vez clavado al madero, se hizo una poceta y se irguió la Cruz lo más alto posible; y el Cristo de aquella aldeíta cercana a Botes, comenzó a proferir “estentóreos gritos en una lengua antigua que luego se supo que era el arameo, según el profesor Silvano, docto en teologías, pero yo oía retazos de mentadas de madre por una tal Eréndira aunque el profesor Silvano, docto en la biblia, me decía que no seas pendejo Dorado, que no eran mentadas sino las siete palabras del eli eli lama sabactani, ¿y que coños significa eso, profesor?, le dije a Silvano, y el maestro, significa Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Pus será el sereno, le dije a Silvano, pero yo oigo clarito que dice Eréndira, y algo de chingas a tu madre, pérfida”. La cosa parecía que iba a llegar a su fin, “cuando de repente, el cielo se encapotó, unas nubes gordas rápidamente arriaron el sudor de las dos de la tarde, pues había comenzado la más pertinaz lluvia de la que se tenga memoria en los anales del pueblo. El río rápidamente abrió sus fauces para tragar las aguas que venían del cielo, y en menos de lo que escribo esta misiva, no nos percatamos de que el Cristo había dejado de decir su Eréndira, ¿por qué me has abandonado?, cuando ya el agua del Hondo le había pasado la mitad de su cuerpo. Alguien, no sé quién, pudo haber sido el Cristo mismo, gritó: ¡lagartos, coño!, y ya no pudimos hacer nada, porque el río se había desmadrado y el Cristo se encontraba, ahora sí, abandonado no sólo por su padre sino por el pueblo mismo, que decidió correr con sus gallinas, cerdos y familia porque el Hondo estaba desatado. La lluvia no amainó en toda la tarde sino por ahí de las 8. Entre una nube de jejenes y luciérnagas, con focos de mano porque la luz se había cortado, nos acercamos con cuidado a donde habíamos hecho el Gólgota. Entre el ruidero de los saraguatos, el sonido del río recorría los senderos en arroyos como brazos. No avanzamos más que unos metros, cuando Silvano apuntó al lugar donde habíamos dejado a la Cruz. Lo que vimos heló a más de uno y a varios les puso la piel de gallina. ¿Alguien ha visto a un lagarto humano? Pues eso fue precisamente lo que vimos: en lugar del Cristo, triturado por los caimanes, en la cruz había un lagarto crucificado.

martes, 8 de abril de 2014

FUNDACIÓN GUERRERA DE PAYO OBISPO

¿Y fue por esta bahía de aguas calmosas y enanas/ que don Othón vino a fundar nuestra ciudad?/ Iría perezoso ese pontón gordito/ tirando pedos a los caimanes del Hondo./ Hicieron un rancho,/ y al mes teníamos nuestras "casitas",/ en el primer crepúsculo de barro/ bajaron las familias/ lloraron los viejos, recordando a Bacalar/ Al año el Barrio Bravo/ alistaba sus querellas (Poema de un ex poeta formado en Chetumal, cuyos versos han desaparecido para siempre).
En su célebre poema sobre la fundación mítica de Buenos Aires, el inmortal Borges se preguntaba que si fue por un río de sueñera y de barro que las proas vinieron a fundar esa ciudad. Los hombres de Juan Díaz, en aquel tiempo inmemorial donde se recorrían mares contados en lunas: "Prendieron unos ranchos trémulos en la costa" y "durmieron extrañados". Este poema de Borges me pareció interesante cuando leí, hace siglos ya, la fundación, no mítica, sino guerrera, del antiguo Payo Obispo (hoy Chetumal). Creo que leía, en ese lejano tiempo, con estupor el magnífico trabajo que realizó Luz del Carmen Vallarta Vélez sobre los yucatecos -y no yucatecos, ya que los pueblos al norte de Belice eran una sociedad multiétnica- que formarían la identidad payobispense al término de la guerra de castas en 1901, pero lo cierto fue que, años después, construyendo afiebradamente el capítulo último de una tesis doctoral, he apuntado lo siguiente sobre la fundación guerrera de Payo Obispo:
El Pontón Chetumal, remolcado desde los astilleros de Nueva Orleans de la casa Zuvich por el vapor Stamford, arribaría el 22 de enero de 1898 en las riberas mexicanas donde desemboca el Río Hondo, trayendo una tripulación de 13 hombres dirigidos por el teniente 2º, Othón Pompeyo Blanco, y a los pocos días, un desmonte de la selva cercana a la playa en la bahía de Chetumal, marcaría la fundación de la ciudad de Payo Obispo el 5 de mayo de 1898. El Pontón Chetumal, una barcaza “gorda, rechoncha, con un solo mástil que sostenía una cofa mal armada para la vigía y tenía el puente protegido por un baluarte, cañoneras y una ametralladora,” serviría como aduana flotante y nave artillada para repeler posibles ataques de los rebeldes.
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Fuente: Avatares de una región de frontera. Peto. 1840-1940. Tesis doctoral en proceso.

sábado, 5 de abril de 2014

COMIENZA EL CERCO A LA VIEJA SANTA CRUZ

Así comienza la parte de una tesis donde hablo de la ocupación definitiva de Chan Santa Cruz, por las tropas del general porfiriano Ignacio Bravo, en mayo de 1901 (antes había hablado de los discursos de las élites locales y nacionales alrededor de los trenes):
Estos discursos de la “pacificación” y del horizonte de prosperidad para Yucatán que se auguraban con los ferrocarriles, fueron los discursos que escucharon, la noche del 15 de septiembre de 1900 –sentados cómodamente, comiendo y bebiendo en el Palacio Municipal de la Villa de Peto-, los que asistieron al banquete de “las fiestas de la Patria y del Progreso”. Ahí se encontraban casi todos "los amos de Yucatán" y los representantes de Díaz y los literatos de retórica engolada de los reyezuelos del henequén, y un general jalisciense al cual le faltaba un lustro para llegar a sus setenta velitas, Ignacio Bravo. Casi todos, menos los hombres de esa combativa sociedad guerrera a los cuales Nelson Reed bautizaría como los cruzoob, que le harían frente con sus viejos budbitzones a las armas sofisticadas de retrocarga de los batallones de guerra que había mandado don Porfirio para pacificarlos; y menos la miríada de guardias nacionales yucatecos, que con picos, palas, barrenos y pólvora, abrirían el camino de Peto a Santa Cruz, cortarían el bosque, sembrarían los aproches y el telégrafo, construirían los fuertes para la tropa y, en más de una ocasión, morirían a machete o frente a las balas salidas de los budbitzones de los de Santa Cruz, pero muchos, como los hombres de las fronteras de Peto, estarían impacientes por dar pelea. Nuevamente la guerra había llegado a esta lejana Villa sureña.

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