sábado, 27 de septiembre de 2014

"YO QUISIERA QUE HOY DESAPARECIERA ESA RAZA MALDITA Y JAMÁS VOLVIESE A APARECER ENTRE NOSOTROS": HOMENAJE DE LA CULTURA OFICIAL YUCATECA A UN MALDECIDOR DE LOS MAYAS



Se puede exculpar al gobierno municipal de Yaxcabá, presidido por la panista Melba Gamboa Ávila, de ser responsable del homenaje que se le hizo al inefable y racista doctor Sierra O'Reilly, el lunes 22 de septiembre pasado.[1] Y es que Sierra, el leproso, no fue modelo de superación para ningún chiquito de Yaxcabá o de Tixcacaltuyub: era blanco, hijo de cura (de un cura que ya mero lo linchan los indios de su parroquia, el ramplón y chicanero cura, José María Domínguez, abarraganado con María Sierra O´Reilly, madre de Justo) y esas dos cosas, para el Yucatán decimonónico, era todo el capital social y cultural que un chiquito yucateco necesitaba para ser alguien, o mínimo, para poder andar a caballo y que le digan “Don” y aborrecer a la indiada.

Pero Sierra tenía, además, genialidad, eso se sabe, pues para ser un Plutarco cabezón, un patriarca barrigón, un padre cabrón y un rey déspota de la literatura yucateca del siglo XIX, el talento y la genialidad hacían falta. La genialidad de un gran escritor, aunado a una voluntad y una ambición desmedida, lo llevó a emparentarse con la cabeza principal de una de las dos banderías políticas de ese entonces: Santiago Méndez. Pero seamos realistas: Si el doctor Sierra O’Reilly hubiera sido maya, e hijo de hambriento milpero de Tixcacaltuyub, no habría doctor Sierra O’Reilly, ni habría Los indios de Yucatán, ni menos sus aburridas novelas folletinescas, etc, o el primer Código Civil mexicano salido de su mollera.

En ese tenor, los indios de Tixcacaltuyub no tienen nada que festejar, u homenajear, a un hombre que no recordó nada de ese pueblo del centro de Yucatán. El doctor Sierra no es, ni puede ser, un ejemplo para los niños maya hablantes, milperos casi todos, de Tixcacaltuyub; no puede ser un ejemplo “de superación y de esfuerzo personal,”, al salir “de ésta pequeña comunidad y luchó por conseguir una preparación, en su tiempo, algo difícil por los momentos históricos, cruciales que estaban viviendo Yucatán y México.” Estas son las palabras vacías de contenido histórico, de la presidente municipal de Yaxcabá (Tixcacaltuyub es comisaría de Yaxcabá). Como sabemos, Sierra O’Reilly salió de Tixcacaltuyub a la temprana edad de 3 años. Uno de sus biógrafos no tan reciente, el licenciado Ferrel de Mendiolea, en un trabajo aparecido en el tomo VII de la Enciclopedia Yucatanense, era claro al respecto: “poco ha de haber sido la influencia que de su pueblo natal debió recibir, puesto que con la ayuda del cura Pbro. Don Antonio Fajardo Montilla”, el niño Sierra O’Reilly, de 3 años, dejaría para siempre Tixcacaltuyub, y nunca más volvería. Sierra no tendría ningún recuerdo vivo de ese pueblo, un pueblo más en la geografía literaria del doctor Sierra.[2]

Pero si no me sorprende la ignorancia descomunal del ayuntamiento de Yaxcabá como para homenajear al doctor Sierra, tampoco me sorprende que la Facultad de Antropología de la UADY, y menos la priísta Sede-inculta, con sus poetas gordos como fue el gordo Sierra, etc., y mucho menos me sorprende que el cacaseno que regentea el AGEY, hagan este tipo de homenajes a un hombre que llegó a tener el predominio de las letras en la primera mitad del siglo XIX yucateco, pero que construyó un modelo, o idea de nacionalidad yucateca, donde no habría cabida para el indio maya, donde a pesar de su vena literaria y sus retratos de la "bondad" del indio (claro, esto de la bondad fue antes de 1847 para el doctor Sierra), Sierra O'Reilly creyó, y creó, una idea no integradora de los otros segmentos del Yucatán decimonónico. Su Museo y su Registro, acotemos aquí, era un museo y un registro de las hazañas de los de “Castilla” y sus descendientes en Yucatán, y una evocación romantizada e idealizada del indio, sí, pero no de los indios yucatecos actuales, repletos de supercherías, de creencias irracionales y otras fantasmagorías de su imaginación afiebrada, que Sierra y su grupo esculcaron como perfectos entomólogos asqueados.


Antes de que los mayas del sur y del oriente se alzaran contra el racismo blanco, Sierra O'Reilly ya había negado una relación directa entre los mayas actuales de su tiempo, con los constructores de las antiguas ciudades de piedra: eso era una charada, una imbecilidad de Stephens, que míster Sierra O’Reilly combatió (ver mi artículo sobre el negacionismo de Sierra aquí). Y cuando se dio la Gran Rebelión de 1847, y casi toda la Península ardió en llamas debido a los ejércitos mayas que crecían como mangas de langosta, el pundonoroso Sierra se fue a malbaratar a Estados Unidos la independencia del Yucatán de los blancos. Antes que abdicar a manos de los esclavos de las fincas y los pueblos libres que se habían levantado en armas, antes que perecer o ser expulsados de Yucatán por esa “raza degenerada y bárbara,” los blancos de Yucatán, que no querían ser el segundo oprobio de la colonialidad (el primer oprobio inició en 1791 con el cónclave de Bois-Cayman, dando inicio con esto el proceso de independencia de los negros de  Haití), preferían abandonarse mil veces y otras mil más, en manos del Imperialismo; ser colonia yanqui o volver al seno de su “madre”, o padre qué más da, patria española, que pasar la vergüenza de ser colonia interna de sus indios. Fue tanto el odio que llegó a tener este “patricio” nacido por accidente en Tixcacaltuyb, contra los mayas rebeldes (y no sólo rebeldes); este odio azufroso del obeso doctor Sierra O’Reilly al cual la cultura oficial yucateca homenajea este 2014 en los marcos de un dizque Festival Maya Internacional, que todavía a muchos, como a mí, causa estupor recordar su abominable maldición a la raza indómita de los Xiu y Cocom:

[…] yo siempre he tenido lástima a los pobres indios, me he dolido de su condición y más de una vez he hecho esfuerzos por mejorarla, porque se les aliviase de unas cargas que a mí me parecían muy onerosas. Pero ¡los salvajes! Brutos infames que se están cebando en sangre, en incendios y destrucción. Yo quisiera hoy que desapareciera esa raza maldita y jamás volviese a aparecer entre nosotros. Lo que hemos hecho para civilizarla se ha convertido en nuestro propio daño y es ciertamente muy sensible y muy cruel tener que arrepentirse hoy de acciones que nos han parecido buenas. ¡Bárbaros! Yo los maldigo hoy por su ferocidad salvaje, por su odio fanático y por su innoble afán de exterminio.[3]

 Pero esta frase, arguyo, no conoce el gobierno municipal de Yaxcabá, y a la “inteligencia” oficial yucateca se le hace muy poca cosa la maldición sierrao’reillyana, a pesar de que existan libros serios y sesudos, como el de Arturo Taracena,[4] que habla de la construcción del regionalismo –o digo yo, nacioalismo- yucateco, representado icónicamente por el Museo Yucateco y el Registro Yucateco (dos periódicos culturales de Sierra O’Reilly), excluidores, no necesito decirlo, de los indios de Yucatán.



[1] “Yaxcabá se suma a las actividades por el bicentenario del nacimiento de Justo Sierra O’Reilly.” Diario de Yucatán, 27 de agosto de 2014.
[2] Véase el texto de Mendiolea, llamado “Justo Sierra O’Reilly. (Literato, Jurista, Político, Historiador). 1814-1861, en Enciclopedia Yucatanense, Tomo VII.
[3] Sierra O’Reilly, en Gilberto Avilez Tax, Radiografiando la autonomía de los herederos de la Cruz Parlante: de la autonomía cruzoob a los derechos indigenistas”, tesis de maestría en ciencias sociales, UQROO, p. 214.
[4] Cfr. Arturo Taracena, De la nostalgia por la memoria a la memoria nostálgica: el periodismo literario en la construcción del regionalismo yucateco, México, UNAM, 2010. 

viernes, 19 de septiembre de 2014

JOSÉ TEC POOT: NUESTRO ANTROPÓLOGO MAYA




Señor José, tu vives en nuestro corazón
Y aunque te fuiste para nunca volver,
Desde ahora tu nombre queda para recordarte,
Y junto a nuestros héroes Cocom, Canek, Ay,
Chi  y Pat, agregaremos a Tec.
                                   
Geraldo Can Pat, poeta de Tibolón.


Cuando un visitante del pueblo de Ixil se topaba con José Tec Poot y quedaba fascinado por el conocimiento y el don de gentes de José, irremediablemente preguntaba a los vecinos quién era el personaje, y un viejo del pueblo decía con orgullo: “Es nuestro antropólogo”, y Tec Poot en verdad que era el antropólogo nativo del pueblo de Ixil….
El 19 de septiembre es una fecha triste para todo México, pero más triste para la antropología yucateca, y más triste aún para un pequeño pueblo del norte yucateco: Ixil, pues esta  es la fecha en que el prometedor investigador y antropólogo maya, José Tec Poot, dejó de existir a tan temprana edad de 36 años.

Y es que Tec Poot, con orgullo pueblerino, habló con amor y cariño sobre las cebollitas de Ixil y se preocupó por las inundaciones frecuentes de su pueblo. Como un sabio apicultor, Tec Poot habló sobre la miel dando cátedras a Boccara; y para que los monolingües del castellano entiendan la grandeza de los que pusieron el mundo neocolonial yucateco patas arriba en 1847, tradujo del maya al español la proclama guerrera de Manuel Antonio Ay y Jacinto Canek; y fue pionero de los defensores de la cultura y la lengua maya, siendo maya él mismo pero sin jactancias y sin medrar con la etnicidad, como muchos mayas de dientes afuera hacen ahora, porque Tec Poot era de otra madera, muy distinto a esos “mayas profesionales” que se destilan en estos tiempos de neoindigenismo barato, de neoindigenismos de logreros. 

Poot nos recordó un viejo estribillo maya que le contó su abuelo, y que su padre decía que era un canto antiguo de estas tierras del Mayab: El Wech, una canción de protesta, según Tec Poot, contra los opresores extranjeros, los dzules de barbas rubicundas. El maestro Poot, que conocería casi todos los pueblos yucatecos mediante la Unidad de Culturas Populares en Yucatán que el dirigió, también ayudó a De la Garza en la localización de pueblos yucatecos para la redacción de las Relaciones Histórico-Geográficas de la Gobernación de Yucatán. Trabajando con campesinos de Peto, Tzucacab y Tekax, Tec Poot contó la terrible calamidad que produce en las milpas las lluvias del K’ankubul’ Ha, lluvia del sur y de cualquier otro punto que a los tres días de caída pone roja las hojas del maíz y a las raíces seca.

Antropólogo maya cuando la antropología yucateca (una antropología blanca escrita desde la colonialidad del poder de la ciudad letrada meridana) se encontraba copada por los dzules de Mérida, Miguel Alberto Bartolomé –aquel argentino que le sacó ampollas al culo de la academia decimonónica yucateca de la década de 1970-1990, con La dinámica social de los mayas de Yucatán, donde habló de la situación interétnica neocolonial que todavía existe en buena parte de la sociedad yucateca del siglo XXI- recuerda que cuando el joven Tec Poot, ese hermano nuestro, iba a la antigua facultad de antropología de Mérida, las niñitas de papi y los hijitos “revolucionarios” bien encebados (burgueses podridos, pero adoradores prostitutos de utopías cadavéricas como las fiebres tercianas de la guerrilla centroamericana, la cubana, las sudacas maoístas), le decían al joven Tec Poot que qué hacía ahí, con ellos, frente a estos civilizados blancos que estudiaban la antropología blanca yucateca, escrita y aprendida desde la colonialidad del poder; que era un desvarío de un atrevido indio el presentarse en los recintos de la ciencia yucateca escrita desde la colonialidad del saber;  que mejor se hubiera esperado a que las niñitas de papi y los hijitos revolucionarios burgueses de mami ,fueran a Ixil a entrevistarlo, pues veían que Tec Poot sería un buen “objeto", nunca sujeto, de estudio, un informante bien informado. Esta era la anécdota que Bartolomé apuntó en un libro que no recuerdo su título y no tengo a mano en estos momentos.

El 19 de septiembre de 1985, cuando el país se vistió de luto por el terremoto, la vida de este insigne antropólogo maya que ayudó para la descolonización de la antropología yucateca, llegó a su final de forma trágica. Tec Poot, con un compañero de trabajo, Miguel Arzápalo, se habían alojado en el cuarto 541 del Hotel Regis de la avenida Juárez. Este hotel colapsaría completamente, y después se incendiaría. Las búsquedas del antropólogo maya casi se iniciaron desde el mismo día de la tragedia: mientras la ciudad de México era un caos de escombros y muerte, el poeta Carlos Montemayor, amigo de Tec Poot, en mangas de camisa ayudó en la búsqueda, pero el cuerpo de Tec Poot no se encontraría. Después vendrían los homenajes post mortem al hijo de doña Loreto Poot y del campesino Paulino Tec. Sarkisyanz diría, con justicia, que Tec Poot fue inspirador de investigadores extranjeros, adaptados a la lengua por el impulso constructor de Tec. El 14 de octubre de 1985, el Auditorio de la Facultad de Ciencias Antropológicas de Mérida llevaría desde esa fecha el nombre de José Tec Poot; y ese mismo año, doña Loreto, recibiría la Medalla Yucatán, con que el gobierno y la academia yucateca reconocían, siempre tarde, a la vida y obra de un hombre que fue un punto de inflexión para la deconstrucción de la colonialidad del saber en Yucatán.

Nota.

Este artículo no pudo haber sido escrito sin el libro de Miguel Ángel Orilla Canché, José Tec Poot: Una vida dedicada a los mayas.



jueves, 18 de septiembre de 2014

DE POR QUÉ KOPOMÁ ES UN PUEBLO DE BÁRBAROS, O APUNTES SOBRE LAS SUBREGIONES YUCATECAS



El día de ayer leí en el portal de noticias Libertad de expresión, que en el pueblo de Kopomá “las celebraciones con motivo de las fiestas patrias se salieron fuera de control”, pues resulta que los "usos y costumbres" de la población “tomaron un giro violento y atentaron flagrantemente contra la Ley para la Protección de la Fauna del Estado de Yucatán.” Y es que resulta que en Kopomá, todo el pueblo festejó su “independencia” pateando gallinas e iguanas en el centro de ese pueblo, y se metió a muchos iguanos en piñatas. Estas piñatas eran golpeadas con palos, y al romperse, los iguanos caían y eran perseguidos y pateados y apedreados hasta la muerte, por aquellos que se dicen humanos (chiquitos, hombres, viejos) de ese pueblo de bárbaros. Todo este espantajo, que nos recuerda las escenas más enfermizas de las guerras intratribales, se dio con anuencia y beneplácito del ayutamiento de Kopomá, presidido por el priísta José Miguel Asencion Barboza Ek, que estuvo presente en los "festejos", y se refocilaba, como idólatra que es, tomando fotitos al desplumadero de gallinas y al desollamiento de las pobres y pacìficas iguanas.
Tal vez más de un mariguano antropólogo o antropóloga salga con que la fiesta de estos bárbaros de Kopomá, tiene “reminiscencias” prehispánicasw, por eso de que en la ceremonia del Pa Puul (la rompedera de vasijas llenas de iguanos pidiendo la lluvia, ver video aquí) que se realiza en Tipikal, Yucatán, se mete a iguanas en vasijas piñateras. Sin embargo, en el Pa Puul no se matan gallinas de esa forma tan bárbara, y menos a las pobres iguanas que, al contrario del centro del país, los yucatecos no frecuentamos comerlas. Lo de Kopomá no tiene nada que ver con lo del Pa Puul, o tal vez sí, tal vez es una historia de brutalización cultural producido por la historia que ha cursado ese pueblo cercano a Mérida.
Pues bien, por lo de Kopomá surgieron unos diálogos virtuales (u opinadera virtual) en torno al proceso de barbarie cultural de un pueblo, Kopomá, el cual sólo la historia puede explicar.

En mi primera impresión de los hechos señalé, irónico, lo siguiente:

Me gusta mucho las tradiciones bestiales de esa gente de Kopomá, y los defensores a ultranza -pienso en cada radical fumador de mariguana, etc, etc- de los derechos "de los pueblos originarios" dirán que esto se debería respetar porque "es parte, es parte de nuestra cultura." Si a eso se le llama "cultura", no me quiero imaginar lo que no es cultura para los de Kopomá.

Como Guerracastólogo que soy, recurrí a esta charada, vomitando mi molestia:

COMIENZAN POR MATAR GALLINAS E IGUANAS Y, SI NOS APENDEJAMOS, TERMINARÁN POR HACER OTRA GUERRA DE CASTAS LOS HIJUEPUTAS

El problema de los de Kopomá es, precisamente, su cultura. Bien haríamos en trepanarle el cerebro a cada wiro de ahí y decirle que las gallinas y las iguanas también forman parte de una cultura mucho más amplia, civilizada y universal que defiende la vida de cualquier especie. Una cultura muy distinta a su cultura de albarradas y henequenales.

Estoy a un paso de citar la frase de guerra de don Sierra O'Reilly: "raza maldita", los de Kopomá.

Es indignante, descabellado, animalezco ese pueblo.

Se ven esas imágenes de esos chiquitos feos, bizcos y montaraces, yendo en pos de las pobres iguanas, pateándolas como si fueran pelotas, a las indefensas gallinas; y el alcalde priísta de ese pueblo, pues nada, divirtiéndose como wiro caníbal que es.

Comienzan por matar gallinas e iguanas y, si nos apendejamos, terminarán por hacer otra Guerra de Castas los hijupuetas....

En torno a la opinadera de uno de Cansahcab, de uno de Buctzotz, y este apátrida que escribe

Mi amigo, el poeta Oscar Sauri Bazán, piensa que tal vez  “el salvajismo de Kopomá puede deberse al envilecimiento de las antiguas tradiciones prehispánicas y/o coloniales”. Yo respondí: “Eso digo yo: creo que el periodo henequenero hizo mucho daño a los pueblos alrededor de Mérida. En el sur y el oriente yucateco, eso no se da”. El escritor Lázaro Kan Ek, terció en el cambio de ideas, y acotó:

“De acuerdo estimado Gilberto, hay que revisar la colonia, usted como historiador, no puede ser mejor. Lo que mis abuelos me han contado sobre la cultura maya es que los animales son nuestros nahuales o wáay o pixan. El concepto in walak' ba'alche', significa "lo que yo era antes de ser lo que hoy soy" había un gran respeto por los animales, eran hermanos, no recursos humanos; así me lo enseñaron mis abuelos y así lo creo hasta hoy, por eso no soy partidario de los torneos de lazo ni de las corridas de toros, pero es sólo un punto de vista, preferencia y creencia personal; no tiene que ser la verdad y menos la única.”

La opinión de Lazaro Kan Ek, me dio pie para apuntar una idea que defiendo en una tesis doctoral, sobre las distintas subregiones yucatecas:


El periodo henequenero - y no lo digo por decir- fue un momento triste en la historia del pueblo maya del noroeste yucateco. Ahí desapareció el milpero, las tradiciones mayas se degradaron, envilecidas por la etapa esclava que vivieron los pueblos a las inmediaciones de Mérida cuando el henequén. Kopomá está dentro de esa zona.  En otras partes de la Península, donde la garra asesina del henequén no llegó (el sur y oriente yucateco), las tradiciones indígenas (lengua, cultura, literatura oral misma, hasta la tierra) pasaron ese negro periodo (1870-1937) de un modo completamente distinto, menos duro, y llegaron con una fuerza cultural incuestionable y ejemplificada en diversas etnografías (Redfield, Villa Rojas y tantos otros que vinieron después).

Ni el periodo chiclero desestructuró la "trama de significados" de la cultura maya de pueblos del sur y del oriente, porque los chicleros yucatecos llevaron a la selva sus mitos, leyendas y tradiciones mayas.
No es por nada que la cultura maya está más fuerte en pueblos del sur y del oriente, contrario a los  pueblos donde la cercanía de Mérida es completa, avasallante. El sur lejano y profundo, y el oriente yucateco, es la otra cara de la barbarie de Kopomá. Una cara civilizada, de civilización que tiene más de 3,000 años de existencia.

Lázaro Kan Ek, sugerente, dijo:

“Yo soy de Buctzotz (que debería ser en realidad Búuk Soots') es parte del noreste, es un pueblo milpero y lo fue siempre, afortunadamente nunca henequenero, pero vimos como familia (abuelos, bisabuélos y tatarabuelos) lo que se vivía en las grandes haciendas de San Antonio Cámara y San Francisco Manzanilla; pudimos percibir con un poco más de claridad el poder de la conquista y colonización de las haciendas que de los mayas semi libres a partir de mi pueblo; aunque empezaron algunas haciendas no pudieron florecer por la acometida de personajes como Pedro Crespo de Temax y Juan Campos de Dzilam.”

Finalizamos la charla virtual, con este comentario mío, que regresaba a la idea de las subregiones yucatecas:

Me gusta el pueblo de Buctzotz, lo he visitado en dos ocasiones, maestro Lázaro Kan Ek, pero si nos fijamos bien en un mapa, comprobaremos que la influencia meridana no llega a Buctzotz: Buctzotz, así como el Temax del león del oriente, Pedro Crespo, está en los bordes de la barbarie que fue el periodo henequenero yucateco, y desde luego, hubo pueblos que lograron subsistir al embate capitalista de los reyezuelos del henequén, como Búuk Soots'....

Al final, mi amigo Lázao Kan Ek, dijo:

“De acuedo estimado, quizá por eso te decía que nosotros los de Búuk Soots' miramos con un poco más de claridad la situación. Tengo 30 años viviendo en Ticul donde laboro como profesor de filosofía desde hace 21 años en el CERT, esta oportunidad me ha ayudado a mirar el sur de cerca y escuchar a muchos abuelos de esta parte de Yucatán; mi trabajo con campesinos desde hace más de 25 años me ha ayudado a entender algunas situaciones enterradas por la colonia y el peso de la conquista. Estoy de acuerdo que como pueblo maya tenemos que sentarnos a platicar de nuevo, es urgente mirarnos y mirarnos a cada momento y qué mejor que ya tenemos hombres tan preparados como usted que nos ayuden a entender la entramada realidad e historia.”







martes, 16 de septiembre de 2014

FÁBULA DE LA INVASIÓN DE LAS CHAYKANES AL PUEBLO DE LOS PETULES



¡Serpientes! ¡Raza de víboras! ¿Cómo van a escapar del castigo del infierno? Por esto yo les voy a enviar profetas, sabios y maestros. Pero ustedes matarán y crucificarán a algunos de ellos, y a otros los golpearán en las sinagogas y los perseguirán de pueblo en pueblo…. Mateo 23:33-34.

Las víboras chaykanes ríen como mujer…


Entre los anales de los más viejos de los viejos, se cuenta la historia de cuando las víboras chaykanes invadieron un pueblo y sus escamas se multiplicaron como la mierda de los días.

Los anales que han llegado hasta nosotros dicen que, antes, los hombres y mujeres verdaderos de aquel pueblo de petules (raza extinta, recordada únicamente por arqueólogos y merolicos) conocido como U-Pec-kin, o Pet tu’ (que, según los que todavía recuerdan la lengua milenaria de los petules, significa la “hedionda corona”), habían tenido una larga y fructífera vida, sembrando y cosechando sus milpas repletas de maicitos, calabazas, chiles y tubérculos.
Los petules, además, gustaban de la sangre como si de maíz tierno de diciembre se tratara, y hacían con gusto sus guerras a otras tribus más bárbaras, y adoraban a sus dioses paganos del tiempo de su gentilidad, con bailes, areitos y copales quemados junto a las piras ardientes donde cocían las nalgas más carnosas de sus vírgenes canéforas.
Y para los meses en que las lluvias estivales arrejuntaban las nubes grises y soltaban sus orines, esto significaba que los más resueltos de los petules, iban a las casas de unos otomanos que vivían con ellos desde tiempos de la pacificación de una raza montaraz y caníbal llamada Santa Cruz, y se “enganchaban”,  y conseguían unos pesos, y al día siguiente, caminando y siguiendo a las muladas de la arria, se iban a un lugar llamado “La Montaña”, donde los esperaban enormes zancudos, moscas que pudrían las carnes, lagartos voladores, nauyacas asesinas y el vaho de la pudridera de la selva. Los petules aguantaban todo eso, porque sus dineros estaban entre esos malos vientos selváticos: en medio de ellos, un árbol, el zapote, los aguardaba para que prestos lo ordeñaran y prestos volvieran con sus dineros al pueblo de “la hediendo corona”, a empuercarse y empiernarse en sus jacales o en las chozas miserables de las putas no menos miserables del pueblo, y así crecer a esa raza entre nómada y sedentaria de los petules.
Pero el tiempo de ellos estaba medido con las aguas frías de los solitarios cenotes. Era un hecho que esta raza tan laboriosa desaparecería un día del registro de la historia. Los pájaros agoreros y los malos vientos del destino les tenían deparado un final atroz para este pueblo tan supersticioso.
Después de la invasión de la langosta (los registros que quedaron, fechan la llegada del acridio entre 1939 y 1944), una raza de víboras malditas de chaykanees comenzaron a empollarse, o encamarse, o enfangarse en la comarca de “la hedionda corona”, y fue cuando vino la decadencia.
Al principio, los petules pensaron que las víboras chaykanes eran atraídas por tanto montonal de langostas que inundaban las calles del pueblo. No le dieron importancia a la llegada de las víboras chaykanes. Estas aparecían por todos lados comiendo las cenizas de las langostas. Aparecían en la hamaca, donde una mujer petul se encabritaba como una endemoniada sobre la verga de su hombre. Aparecían entre los sacos de maicitos, y en las sartenejas donde el petul cazador buscaba el agua del monte.
No sé si fue en el año 8 de la cuenta de la llegada de las langostas, cuando en verdad comenzó la tragedia. De pronto, las parteras comenzaron a recibir, de entre las piernas de las hembras petules, a unos recién nacidos que tenían toda la fisonomía de los primeros hijos, pero que eran distintos en el aroma: “olían a marisco”, era una frase que logré paleografiar de unos viejos papeles que se salvaron de un terrible huracán, el Gilberto. “Olían a marisco”, fue una frase que me hizo comprender el olor tan característico de los actuales habitantes de la comarca de “la hedionda corona”: dados a bañarse todos los días con sus jabones nórdicos de puta, y a empuercarse con perfumes baratos, no hay ningún petul –indio, blanco o mestizo- que no deje de oler a marisco, como si de víboras chaykanes se tratara.



lunes, 15 de septiembre de 2014

La leyenda negra, la leyenda rosa y la leyenda oral de Elías Rivero



Las distintas interpretaciones que se han hecho sobre la figura política de Elías Rivero me recuerdan a la distinción que Friedrich Katz hiciera sobre las tres interpretaciones de la figura política de Pancho Villa. Katz, en su primer tomo sobre la biografía definitiva de Pancho Villa, establece que sobre la figura de don Doroteo Arango vuelan las interpretaciones de la leyenda negra, las interpretaciones rosas, y la que menos se ha trabajado, la interpretación auténtica.[1] Para la figura de Rivero, podemos decir que igual existen estos tres tipos de interpretación, representados de este modo:
a) Una interpretación que hace énfasis en La leyenda negra de Rivero, y que se ejemplifica en los libritos de Máximo, “Maco” Sabido, Mis memorias de Peto; y en el librito de Arturo Rodríguez Sabido, Semblanza histórica de Peto. En estos libros, se desprecia, minusvalora, ningunea y hasta se execra y vitupera al Elías Rivero histórico, comparándolo como un simple bandido y un vulgar matón de pueblo. Las interpretaciones de estos dos libros, tal pareciera que fueran copia fiel de los documentos periodísticos y judiciales porfirianos, que llamaron “revoltosos”, “salvajes indios”, “bárbaros”, etc., a los revolucionarios petuleños.
Para Maco y Arturín, Rivero no fue el iniciador de la rebelión, cosa que sin duda es una vil mentira, y para Maco “Juan José Pérez Ruiz y Faustino Torres”, subalternos del general Rivero que morirían sin pena ni gloria, son “los auténticos precursores del movimiento de 1910”. El mentiroso de Sabido Ávila, tiene la desfachatez de decir, que los apellidos Pérez Ruiz y Torres figuran en la extinta Liga del Partido Socialista. La verdad, no he comprobado esta  última aserción, pero no me sorprende que Maco Sabido haya omitido, en su librito artesanal, que los restos del general Elías Rivero descansan en la Rotonda de los Socialistas Ilustres, donde comparte nicho eterno con otro fiero socialista, Pedro Crespo, vigilando hasta en la muerte al Dragón Rojo con ojos de jade de Motul, Felipe Carrillo Puerto. Elías Rivero y Pedro Crespo, a la par de Rogelio Chalé y otros socialistas genuinos, forman parte del selecto grupo de defensores de la Revolución desde el primer momento de 1911; y luego, Rivero y otros pocos, serían los únicos que tuvieron suficientes cojones para levantarse en armas y resistir el golpe de Estado que asesinó a Felipe Carrillo Puerto. Ni el padre de Máximo Sabido Ávila, que en 1911 estaba refugiado en su hacienda por temor al garrote porfiriano, ni ningún otro Sabido, ni nadie más de Peto, puede ser designado como genuino revolucionario que defendió hasta la muerte el legado carrilloportista. Rivero, en ese punto, no tuvo descendencia.
b). La interpretación "rosa" estriba en una visión romántica de “la vida ejemplar de un humilde campesino, sencillo y noble, que se llamó Elías Rivero”. Existen, que yo sepa, dos trabajos que intentan hacer un perfil de los hechos de Rivero. Uno, de Bustillos Carrillo, y otro de un profesor tzucacabense, Adriano L. Sosa, que escribió en la década de 1940, y que conoció a Rivero de cerca. Esta interpretación rosa está muy emparentada con las interpretaciones orales de la población maya del pueblo.
c) La interpretación oral de la figura de Elías Rivero, se da sobre todo en el estrato maya de la región petuleña: en ella se narran las gestas revolucionarias de un hombre que recorría los caminos del sur haciendo justicia a los pobres, diciéndoles que no vuelvan a la esclavitud, que él los cuidaría, y que se organicen para que no los mangoneen los ricos. En estas visiones orales de Rivero, se da hasta un proceso de mitificación del hombre: Rivero se libra de los soldados que lo persiguen, porque desde su casa hay “cuevas” donde se mete para salir a otro pueblo. O bien, Rivero se convierte en un huay miis (hombre que se convierte en gato) y sale sin que nadie se percate de él. O desde luego, Rivero combate del lado de los pobres en la Guerra de Castas, y Crescencio Poot es su amigo. O más bien, el “tsiris” (chaparrito) Rivero sobrevive a los balazos y al incendio de su casa de huano, metiéndose en unas tinajas llenas de agua.
El historiador que esto escribe, obviamente que combate con su pluma y sus documentos las interpretaciones criminales de La leyenda negra, escrita por las visiones conservadoras de los "catrines" del pueblo. Este historiador le hace caso a la interpretación rosa, y la coteja con fuentes documentales y orales de Rivero, para tratar de sacar una interpretación más creíble, diametralmente opuesta a la interpretación vacuna de los conservadores pueblerinos creadores y difusores de la Leyenda negra del general Elías Rivero.





[1] Katz, Friedrich, 1998 Pancho Villa, Tomo I México, Era.

sábado, 13 de septiembre de 2014

GERÓNIMO CEBALLOS, VETERANO DE LAS GUERRAS DE CASTAS, PIDE COMBATIR A LOS REBELDES DE RIVERO



Días después del asalto al cuartel de Peto y del asalto y toma de Catmís por los rebeldes encabezados por Rivero en 1911, en la Villa de Peto se dio un hecho curioso digno de haber sido escrito por el fabulador de Aracataca, Gabriel García Márquez. 
Y es que en plena zozobra en que se encontraba el pueblo debido al temor de que de un momento a otro, los “revoltosos” de Rivero se presentaran a Peto para tomarlo y prenderle fuego, se vio por las calles polvosas y desérticas del pueblo, a una figura extraña y reluciente en pleno invierno terminal y cálido del pueblo: vestido con toda la gala militar, la parafernalia, las charreteras, su medalla de oro de veterano de la guerra con los indios; y un sable forjado 50 años atrás y manchado de óxido viejo a imitación de la cara empergaminada de arrugas de su dueño, iba caminando con paso marcial y firme el veterano capitán de la Guerra de Castas, don Gerónimo Ceballos. 
Enjuto, flaco de carnes y con 81 años a cuestas, este hijo de Peto, despidiéndose de su esposa aquella mañana, le dijo que iba decidido a batirse con ese enemigo que decía frases extrañas como “Viva Madero y muera la dictadura":

Es de consignarse que el veterano don Gerónimo Ceballos, en los momentos en que la población estaba más alarmada, acudió al cuartel a ofrecer sus servicios para la defensa de la población.[1]

Don Gerónimo Ceballos no era el único fantasma de la Guerra de Castas que aparecía nuevamente en este pueblo de frontera. ¿Pero quién era don Gerónimo? Noticias de él nos dicen que el 4 de agosto de 1857, Juan María Novelo envió al comandante general del Estado la relación del capitán Gerónimo Ceballos procedente del pueblo de Chikindzonot, que había sido invadido por los rebeldes.[2] El censo de 1880 dice que Ceballos contaba con 50 años y que era un “labrador” que sabía escribir. En una relación de fincas de pueblo de 1890, Ceballos era dueño de la finca San Pedro, del municipio de Peto, donde cultiva caña y maíz. En 1883, Ceballos ocupó el cargo de juez suplente del pueblo, y no dudo que otros cargos en los años posteriores. 
La actitud resuelta de Ceballos en los días en que Peto estaba en alarma permanente por las acciones de Catmís, es otro ejemplo de que los fantasmas de la Guerra de Castas tardarían en morir en el pueblo. Habría de pasar más de una generación para que las cenizas se enfriaran, pero las acciones de Catmís tenían un basamento similar a lo que sucedió en 1847: modificar el estado injusto en que una élite oligárquica mantenía a los destinos de los pobres del campo yucateco. El patriotismo de Ceballos, desde luego, era un patriotismo étnico, pues a los rebeldes de Peto, los dzules del pueblo no los veían como sus iguales: eran simples indios a los que habrían que combatir.





[1] “Grandísima alarma en Peto”. Diario Yucateco. La tarde. 9 de marzo de 1911.
[2] AGEY, Poder Ejecutivo, serie milicia, sección comandancia en jefe Brigada Novelo, c. 197, vol. 147, exp. 2 (1857).

viernes, 12 de septiembre de 2014

LOS FANTASMAS DE LA GUERRA DE CASTAS, O "LA QUEMA DE LOS CAÑAVERALES" PARTE II: CATMIS, 1911

Chacuaco de la antigua finca Catmís

Después del encuentro sostenido entre las tropas yucatecas de la oligarquía henequenera dirigidos por los mismos hijos del dueño de la finca Catmís (dos morirían, y uno, un violador, se salvaría de morir) contra los revolucionarios petuleños reforzados por los irredentos parias, los yaquis de Sonora; la dura derrota de las tropas “leales” a los esclavistas meridanos significó la destrucción total de la “bella finca Catmís”, convertida en un erial donde resonaba la venganza de los hijos de Peto contra esta hacienda azucarera que devoraba cañaverales y devoraba hombres.
La desolación en que se convirtió Catmís, se puede apreciar en unas palabras aparecidas en un diario de la época, donde  la acción combativa de los petuleños fue parangonada con la “barbarie” de los mayas rebeldes que más de 60 años atrás, y en la misma región, mediante la “guerra relámpago” de sus batabes, llevaron a cabo la “quema de los cañaverales en los montes del sur y del oriente yucateco; una quema de los cañaverales de “proporciones bíblicas”, según un guerracastólogo. En 1911, esta quema de los cañaverales se presentaría nuevamente en la misma región donde la tea del oriente prendiera de forma más explosiva en 1847.
En todo 1911, las rebeliones y las demostraciones de rebeldía de los campesinos yucatecos se describirían trayendo a cuento los fantasmas de la guerra de castas; y en Peto, días después del ataque del 3 de marzo de 1911 al cuartel militar de la Villa, por el pueblo corrieron, en varias ocasiones, aquellos fantasmas de la guerra de Castas, aquellos terrores generacionales de la llegada de los “bárbaros”: el bombeo de unos pozos de un tal Antonio Espinosa Fajardo, significó alarma entre el populacho, pues pensaban que los “indios rebeldes” habían pasado las “bombas de aviso” y se dirigían a Peto; o del miedo cerval de seis mujeres, que decidieron pernoctar el 4 de marzo en unas cuevas donde habían dispuesto todo para su comodidad.
Mientras tanto, Catmís, la soberbia hacienda azucarera que no le pedía nada a las haciendas de los barones del azúcar del Morelos porfiriano, ardía en el amanecer de los tiempos de la violencia justiciera en la comarca sureña, tiempos a los que he denominado como Los años de Elías Rivero. En la nota de marras, se decía del asalto y quema de Catmís, lo siguiente:
                                                          
Allá están los que ayer fueron soberbios plantíos convertidos en páramos cubiertos de ceniza y en los que se destacan aún de trecho en trecho las llamaradas postreras. Allá, rodado por los suelos, fragmentos mil de las potentes máquinas y en fin, todos los restos de un prodigio realizado por largos años de trabajo constante y que hoy pregonan el paso de ese alzamiento, que entre sus primeras proezas ha contado asesinatos y como segunda hazaña la devastación de Catmís, triste obra de saña y de barbarie digna de los que en el Sur y el Oriente de nuestro Estado dejó la mano de los sublevados mayas de 1847.


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